SANTUARIO Y PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

Gruta y Basílica. Quinta Normal, Santiago de Chile.


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LA SEÑAL DE LA CRUZ EN LOURDES

Bernardita Soubirous

El año 2008 vivimos el Jubileo de los 150 años de las Apariciones de la Virgen María a Bernardita Soubirous en Lourdes Francia, conociendo el Mensaje de la Virgen; el 2009 nos dedicamos a conocer a la Confidente de la Virgen, Santa Bernardita. Comenzamos un ciclo de tres años dedicados a la oración con Bernardita. Con ella hacemos este 2010 la Señal de la Cruz, para luego rezar el Padrenuestro (2011) y culminar este ciclo con el Santo Rosario (2012).

Desde el bautismo hasta el último suspiro, la vida de todos los bautizados está puesta bajo la Señal de la Cruz. Así pues, en lo que se refiere a nuestra relación con Dios, esta señal indica, al mismo tiempo, la entrada en la vida cristiana, el itinerario de toda la existencia con Cristo, y el término de la vida sobre la tierra.

En la vida de Bernardita, la Señal de la Cruz tiene una importancia especial. De hecho, al comienzo de la primera de las 18 Apariciones con la que fue favorecida, la Santísima Virgen le enseñó a hacer este gesto fundamental. Desde entonces, su gran amor por Jesús fue iluminado, alimentado y orientado por la Señal de la Cruz. Por eso, desde su primer encuentro con la Virgen, la vida de Bernardita se convirtió en un Camino Pascual, puesto que la vivió con Jesús en el Misterio de la Cruz, bajo la mirada de Dios.

Para que esta meditación del Mensaje de Lourdes pueda desarrollarse a la luz de este tema pastoral, se proponen cuatro momentos, que pueden corresponder a cuatro días, o a cuatro medios días, o a cuatro horas, según el tiempo del que disponga cada uno.

Hacer la Señal de la Cruz abre una perspectiva y ofrece, al mismo tiempo, la posibilidad de profundizarla y ampliarla. Así pues, después de haber hecho la Señal de la Cruz con Bernardita, nos preguntaremos qué es la Señal de la Cruz, luego aprenderemos a reconocer la Señal de la Cruz y, finalmente, a hacerla presente en nuestras vidas.

Es preferible seguir el orden de estas cuatro etapas de reflexión. Sin embargo, el tiempo dedicado a cada una de ellas puede depender de la elección de cada persona o grupo.

La Señal de la Cruz de la Virgen

1. HACER LA SEÑAL DE LA CRUZ:

En la Gruta, antes incluso de entablar un diálogo con Bernardita y de decirle su nombre, la Santísima Virgen le enseñó a hacer la Señal de la Cruz; a hacerla bien; a hacerla a menudo. Desde ese día, cuantos vieron a Bernardita hacer la Señal de la Cruz comprendieron la importancia que tenía para ella ese gesto.

La Señal de la Cruz de Bernardita se caracterizaba por su lentitud, por su amplitud y por el gran recogimiento con que la hacía. Bernardita, empleando todo su tiempo, levantaba su mano derecha hasta tocar con los dedos la parte superior de su frente. Luego bajaba su mano y los dedos rozaban su cintura. Después, levantaba su mano y tocaba con los dedos, primero, el hombro izquierdo y luego el derecho.

La niña daba la impresión de envolverse en la Señal de la Cruz como quien se envuelve en un chal, o como quien se pone un vestido. Haciendo ese gesto y diciendo al mismo tiempo “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”, Bernardita se presentaba ante Dios tal como era.

Siendo ya religiosa, una de las Hermanas preguntó a Bernardita: “¿Qué hay que hacer para estar seguro de ir al Cielo?”. Bernardita contestó inmediatamente: “Hacer bien la Señal de la Cruz, ya es mucho”.

Momentos antes de su muerte, Bernardita, haciendo un último esfuerzo, hizo una última Señal de la Cruz. Inmediatamente después, expiró. De esta manera, igual que en los días de las Apariciones de la Virgen, Bernardita, por la Señal de la Cruz, entra en “otro mundo” presente en la tierra. Y en su último día, entra, por la Señal de la Cruz, en la gloria de Dios, en la eternidad.

La primera etapa de nuestra reflexión va a consistir, por tanto, en “hacer bien la Señal de la Cruz”. Una señal de la Cruz como la que Bernardita aprendió a hacer con la Santísima Virgen.

Interrogantes que nos podemos plantear:

1. ¿Quién hizo sobre mí la primera Señal de la Cruz?

2. ¿Quién me enseñó a hacer la Señal de la Cruz?

3. ¿Cuándo hago la Señal de la Cruz: sobre mí, sobre otra persona, sobre un objeto (por ejemplo, el pan)?

4. ¿He tenido ocasión de enseñar a hacer la Señal de la Cruz a un niño o a un adulto?

5. Hacer la Señal de la Cruz está siempre vinculado, para mí, a la invocación trinitaria “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, o a una bendición, a la oración, a un sacramento, o a un momento especial, a un lugar, o a un acontecimiento?

Gesto que se puede realizar:

Hacer la Señal de la Cruz lenta y ampliamente, y con recogimiento frente a una Gruta de Lourdes, a una imagen del Calvario de Jesús y delante de Cristo Crucificado. Al principio y al final de cada oración, recogerse y preguntarse interiormente quién es Dios para nosotros y quiénes somos nosotros mismos. A continuación, santiguarse diciendo: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”.

Cristo Gruta de Lourdes Chile

2. ¿QUÉ ES LA SEÑAL DE LA CRUZ?:

La cruz no tiene nada de romántico. Se trata de un poste y un travesaño a los que los romanos ataban a los condenados, con los brazos abiertos, con el fin de hacerlos sufrir hasta que murieran. La cruz representa, pues, lo más negativo de la experiencia humana: la violencia, el sufrimiento y la muerte.

Pero Dios escogió, precisamente, ese poste y ese travesaño para manifestar su Amor al género humano. Así, Jesucristo no solo asumió lo peor de nuestros sufrimientos y lo más indigno de nuestra muerte, sino que Él, el Hijo de Dios hecho hombre, convirtió eso en el lugar de encuentro de Dios con el hombre. En la realidad de la cruz el hombre se convierte en hijo de Dios.

Al recibir la Señal de la Cruz en la frente, el bautizado recibe la clave de toda su vida. En adelante, unido al Señor, su existencia puede ser una pascua, es decir, un paso de su realidad, marcada por la miseria, el pecado, y la muerte, a la realidad de Cristo Jesús.

La cruz resulta ser, así, la única puerta de entrada en un nuevo mundo, presente en medio de este mundo, al que Jesús llama “el Reino de Dios”. María introduce a Bernardita en este Reino por la Señal de la Cruz y le describe este mundo más allá de la cruz diciendo: “No le prometo la felicidad de este mundo, sino la del otro”.

Para nosotros, como para Bernardita, la Señal de la Cruz es, ciertamente, la señal de lo que somos. Haciendo este gesto, reconocemos nuestra miseria, nuestro sufrimiento, nuestro pecado, nuestra condición mortal. Como para Bernardita, la Señal de la Cruz es, al mismo tiempo e inseparablemente, la proclamación del Amor de Dios, manifestado en la Cruz de Jesucristo. Así, igual que Bernardita, trazando sobre nosotros la Señal de la Cruz “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, manifestamos que somos objeto del Amor de Dios y que, por su Amor, debemos superar todas nuestras miserias. Esta transformación, que comenzó en lo más negativo de la experiencia humana, debe concluirse en Dios. Este es el paso de la realidad del hombre a la realidad de Dios de la que la cruz es la señal y Dios es el artífice.

Interrogantes que nos podemos plantear:

1. ¿Cuál es el contenido de mi Señal de la Cruz?

2. ¿Soy capaz de definir mi pecado partiendo de hechos concretos?

3. ¿Qué experiencia del Amor de Dios tengo en mi vida?

4. ¿Que experiencia tengo de la miseria, del sufrimiento, de la muerte?

5. ¿En qué circunstancias he vinculado mi miseria o mi pecado al Amor de Dios? ¿En una experiencia existencial? ¿En el encuentro sacramental con Jesucristo?

Gesto que se puede realizar:

Meditar los relatos de los tres primeros días de nuestra Novena de Lourdes, resaltando los signos de la luz, la roca y el agua. Estos signos tienen un sentido cristiano: Jesús es la Roca, nos da el Agua viva y es la Luz del mundo. Antes de realizar cada signo, podemos hacer lentamente, ampliamente y de todo corazón, la Señal de la Cruz “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Así, nos decimos a nosotros mismos, a Jesús y a los demás, lo que significan para nosotros los gestos de la peregrinación y la experiencia que representan.

Señal de la Cruz

3. RECONOCER LA SEÑAL DE LA CRUZ:

Nuestro mundo está marcado por el rechazo de Dios, que es el pecado. A causa del pecado, antes de conocer la muerte, ningún ser humano está libre, de una forma o de otra, de miserias y sufrimientos. No se trata, pues, de la cruz, sino simplemente de la condición humana como tal.

El amor existe en el mundo y muchos lo experimentan, por ejemplo, en el matrimonio, en la familia, en la comunidad. Aunque la experiencia del amor sea siempre difícil, sin embargo, no se puede hablar a priori de la cruz.

Por el contrario, allí donde se dan al mismo tiempo el pecado y la conversión, la miseria y la solidaridad, el sufrimiento y la caridad, la muerte y la presencia del Salvador del mundo, está presente la Señal de la Cruz de Cristo. En las contrariedades, el dolor, o el sufrimiento, Bernardita no dudaba en decir: “Cuando se piensa que Dios lo permite, uno no se queja”. De esa manera, Bernardita abría su corazón a la presencia de Cristo muerto y resucitado por nosotros y, por Él, entraba en la relación de Amor del Padre y del Hijo, en la comunión del mismo Espíritu.

En Lourdes, el gran signo que se nos da es, ciertamente, la cruz. Este gran misterio se manifiesta en la relación enfermo-hospitalario. En esta relación, que se caracteriza por una mutua donación de sí mismo, en la acogida recíproca, se hace presente el misterio de la cruz y se manifiesta como signo.

El fruto de esta relación es visible en el rostro de los enfermos iluminado por la alegría y, con todo, marcado por el sufrimiento, y en el rostro feliz del hospitalario que le acompaña y le sirve.

Ahora bien todo lo que es del orden del amor permanece para la vida eterna. Por esta razón estos gestos de caridad, que tienen como objeto el servicio a los demás, quedan grabados para siempre en la memoria y en el corazón de quien es testigo de ellos. Porque se abren misteriosamente a la invisible presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, muchos traducen estos gestos en palabras: “Aquí es distinto”, “Aquí se está bien”, “En la Gruta, se encuentran el Cielo y la tierra”.

Después de haberle enseñado a hacer la Señal de la Cruz, tras haberle indicado cómo convertir esa señal en realidad, María promete a Bernardita “la felicidad del otro mundo”. Se trata del más allá de la cruz, que comienza aquí en la tierra, cuando el sufrimiento es transformado por el amor, y que se convierte en entrada a la vida eterna, donde ya no hay sufrimiento ni muerte, ya que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo reinan para siempre.

La Señal de la Cruz de la Virgen

Interrogantes que nos podemos plantear:

1. ¿He sido testigo, en Lourdes, de gestos realizados con los enfermos? ¿Estos gestos me han impresionado hasta acordarme de ellos?

2. ¿He sido testigo de esos gestos fuera de Lourdes? ¿En qué ocasión?

3. ¿He experimentado yo mismo la fuerza del amor en el sufrimiento?

4. ¿He realizado estos gestos que aliviaron el sufrimiento, el dolor, y la miseria de otras personas?

5. ¿Qué relación establezco entre todos estos gestos (de los demás y míos) y la cruz de Jesucristo en la que Dios manifiesta su Amor?

Gesto que se puede realizar:

Cada uno reconoce más fácilmente la Señal de la Cruz en la medida en que él mismo la experimenta. De hecho, solo el hecho de amar capacita para ver y reconocer el amor. En esta tercera etapa, cada pequeño gesto realizado en favor del más necesitado ayudará a captar la omnipresencia de la Señal de la Cruz, y a percibir un poco la invisible presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que actúan en este mundo.

Procesión con la Cruz

4. HACER PRESENTE LA SEÑAL DE LA CRUZ:

La Señal de la Cruz consiste en un gesto y unas palabras que se unen en un mismo acto. Por eso, cuando nos santiguamos diciendo al mismo tiempo la invocación trinitaria “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo“, nuestra Señal de la Cruz es entonces como la “síntesis” de nuestra fe, ya que, invocando a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, junto con la Señal de la Cruz, decimos al mismo tiempo quién es Dios, quienes somos nosotros, y cómo Dios se une a nosotros.

Con ese gesto inseparable de la invocación al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en cuyo nombre lo realizamos, manifestamos públicamente que Dios es Amor, que revela su Amor en el Misterio de la Cruz, que nos revela al mismo tiempo nuestra propia vocación al amor, y que, por la Cruz, se nos da la capacidad de vivir a la manera de Dios.

Por lo tanto, hacer presente la Señal de la Cruz no consiste en la multiplicación de los gestos, sino en el hecho de no separar el gesto de la Señal de la Cruz que realizamos, de la invocación trinitaria que lo acompaña, que le da sentido y lo hace eficaz.

Pero la Señal de la Cruz no se limita, sin embargo, al gesto realizado con la invocación trinitaria. Se expresa, sobre todo, en todas las situaciones de la experiencia humana que pueden vivirse a la luz de la Cruz de Jesucristo, “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Por todo eso la Señal de la Cruz se hace presente de verdad. Jesús no esperó a la hora del Calvario para hacer presente la Señal de la Cruz. Puesto que toda su vida sobre la tierra fue una entrega total de sí mismo (y eso es la cruz), la Señal de la Cruz está siempre presente en el Evangelio. Se la encuentra en cada situación vivida por Jesús, en cada una de sus actitudes, en cada uno de sus gestos, en todos sus encuentros.

En cuanto a nosotros, mientras aspiramos al amor, nuestra vida diaria está marcada, a menudo, por el sufrimiento. Pero es precisamente en todas estas situaciones cuando podemos hacer presente la Señal de la Cruz.

Y es, ante todo, por amor. Porque no sólo no hay amor sin sufrimiento, sino que cuanto más se ama, más se sufre. Por esta razón sufrir amando no es sufrir, sino amar. De esta manera, la experiencia del amor vivida “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” se convierte en Señal de la Cruz, puesto que remite a la entrega que Dios hace de su Hijo, a la entrega que el Hijo hace de sí mismo y a la entrega que el Padre y el Hijo hacen del Espíritu Santo derramado en el corazón de la criatura humana.

Cuando sufrimos, y en la medida en que, en nuestra experiencia del sufrimiento, dejamos sitio al que es Amor, podemos vivir una situación dolorosa transformándola “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Por eso Bernardita, con el corazón encendido de amor, solidaria con toda la condición humana, entregando su vida, no duda en decir: “Cuando uno está tendido en el lecho del dolor, no tiene que moverse pues está en la Cruz”.

Finalmente, cuando nos situamos ante el sufrimiento de los demás de una forma o de otra, donde hay sufrimiento hay que poner amor, es decir, entregar su vida. Porque donde hay amor, allí está Dios. “Tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; fui forastero y me hospedaste, estuve desnudo y me vestiste, enfermo y me visitaste, en la cárcel y me viniste a ver” (Mateo 25, 35-36). Así, cuando el amor transforma todo sufrimiento en amor, la Señal de la Cruz se hace presente “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Bernardita no esperó a “estar molida como un grano de trigo” para que su vida fuera una grande y auténtica señal.

Procesión con la Cruz de Chile

Interrogantes que nos podemos plantear:

1. ¿Hacer presente la Señal de la Cruz forma parte de mis prioridades diarias?

2. ¿Cómo la hago presente?, ¿solo?, ¿con otros?, ¿en la comunidad cristiana?, ¿en mi lugar de trabajo?, ¿en la vida social?

3. ¿Cómo me ayuda el Mensaje de Lourdes a hacer presente la Señal de la Cruz?

4. ¿Es significativa para mí la manera como Bernardita hace presente la Señal de la Cruz?

5. ¿Las contrariedades y los aspectos negativos de mi existencia son para mi únicamente obstáculos en que tropiezo?

Gesto que se puede realizar:

Hacer presente la Señal de la Cruz está vinculado, en primer lugar, a nuestra voluntad de dar a Dios todo su sitio y, además, a nuestro deseo de amar. Teniendo siempre presente el espléndido “himno a la caridad” de San Pablo (leer 1 Corintios 13, 4-8), tratemos de vivir las palabras del Apóstol en estos días de reflexión. Para eso, debemos intentar en todo momento ser inventivos, imaginativos y creativos. Entonces, nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras acciones, vividos “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, podrán hacer presente la Señal de la Cruz.

Artículo de reflexión creado por el Padre Horacio Brito, Rector del Santuario de Lourdes Francia, junto al Padre Régis-Marie de La Teyssonnière. La versión publicada en nuestro sitio web tiene algunas adaptaciones.

Fuente: Santuario de Lourdes Francia.

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