SANTUARIO Y PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

Gruta y Basílica. Quinta Normal, Santiago de Chile.


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EL PADRENUESTRO EN LOURDES

Bernardita Soubirous

Estamos en un ciclo de tres años dedicados a la oración con Bernardita. Con ella hicimos el 2010 la Señal de la Cruz para culminar el 2012 con el año del Santo Rosario. El año 2011 priorizamos a Dios Padre, a través de la oración que Jesús nos enseñó, el Padrenuestro. Les invitamos a realizar esta meditación ideal para una peregrinación a un Santuario de Lourdes.

La oración es nuestra relación con Dios. Rezar a Dios, es estar con él. Sin embargo, para muchas personas, rezar es pedir algo a Dios. Pero eso Él lo sabe perfectamente. Por eso, en la oración del Padrenuestro, Jesús nos enseña a pedir a Dios lo que Él quiere darnos, lo que necesitamos, lo que más nos conviene.

Así, el Padrenuestro se hace visible en la tierra como en el Cielo. Donde se reúnen los hijos de Dios, allí el Padre los colma de sus bienes. Es algo que se nota. Quién abre los ojos, ve entonces realizarse y concretarse las peticiones del Padrenuestro en la vida de los hombres de hoy. Y, a través de eso, el Padre mismo parece hacerse visible.

Hemos entendido cómo Bernardita está implicada, con toda el alma, en dos relaciones que, en cierto modo, solo son una, aunque sean distintas. Bernardita es, de hecho, “hija de María”. Ahora bien, María es plenamente “hija del Padre”. Así Bernardita, cuanto más es “hija de María”, tanto más es, como María, “hija del Padre”. Entonces la alegría de María ante la que crece en su relación filial con el Padre, puede corresponder a la alegría del Padre viendo a Bernardita vivir como “hija de María”.

Las siete peticiones del Padrenuestro, que clasificamos arbitrariamente en cuatro grupos, van a esclarecernos las palabras y los gestos de María y de Bernardita. Y a su vez, las palabras y los gestos de María y de Bernardita, como los que conocemos y realizamos en Lourdes, nos ayudan a entrar en la oración del Padrenuestro. Así vamos a comprender mejor lo que decimos y a vivir más intensamente lo que recibimos y damos.

Oración personal del Padre Nuestro

1. SANTIFICADO SEA TU NOMBRE, VENGA A TU REINO:

De entrada, la oración del Padrenuestro comienza centrándonos. Santificar el Nombre de Dios, quiere decir, de hecho, no confundirlo con ningún otro nombre, ponerlo en su lugar, es decir, aparte. Debemos “dejar a Dios ser Dios”. Y la consecuencia inmediata es la llegada del Reino de Dios. Por eso, dirigirnos al Padre no solo nos abre a una nueva actitud, a un comportamiento distinto, sino que se convierte, al mismo tiempo, en una puerta de entrada en otra realidad.

Moisés vivió esa experiencia. Ya antes de conocer el nombre de Dios, oye que le dicen: “No te acerques, quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado”. Así pues, de manera consciente y como impregnado ya por la santidad de Dios, Moisés va a poder acoger al que se le revela en la zarza ardiente: “Yo soy el que soy”. (Éxodo 3,14).

En la tercera aparición, Bernardita toma la iniciativa dirigiéndose a la misteriosa visitante que se le aparece en la Gruta: “Señora, ¿tendría la bondad de decirme su nombre?.” Pero la joven sólo recibe como respuesta una amplia sonrisa y estas pocas palabras: “No es necesario”.

Para Bernardita hay algo más urgente. Es necesario, ante todo, que se ponga en marcha, que purifique su deseo, que prepare su corazón: “¿Quiere hacerme el favor de venir aquí durante quince días?”. De hecho, solo al final de su ejercicio de peregrinación en la Gruta, Bernardita estará preparada para recibir y transmitir el nombre de la criatura humana que más cerca está de Dios: “Yo soy la Inmaculada Concepción” (25 de marzo de 1858).

La actitud fundamental que caracteriza la peregrinación es, por tanto, no sólo un contexto adaptado, sino también los preliminares necesarios para conocer el Nombre de Dios, como Moisés, el nombre de María, como Bernardita, el Nombre del Padre, con el que Jesús invita a sus discípulos a invocar a Dios. Recibir el Nombre nos lleva a santificarlo, situándolo en su verdadero lugar. Y esta santificación se convierte en anuncio, venida y presencia del Reino de Dios.

Actualmente, en Lourdes, muchas personas captan, a simple vista, que “aquí el Cielo y la tierra están cercanos”. Tenemos, por supuesto, la oración, las procesiones, las celebraciones. Está, también, la actividad incesante de los voluntarios con las personas enfermas o discapacitadas. Pero enseguida se observa que cada uno se dirige a Dios, manteniendo, al mismo tiempo, su relación con el otro, con atención, benevolencia y generosidad; y que estas dos actitudes se mantienen perfectamente juntas. En esta nueva manera de vivir, santificamos el Nombre del Padre de palabra y de obra. Y además anunciamos y hacemos presente su Reino.

Interrogantes que nos podemos plantear:

1. ¿Quién me enseñó la oración del Padrenuestro? ¿A qué edad? ¿En qué contexto?

2. ¿Cuándo rezo el Padrenuestro? ¿En la Misa? ¿Cuándo rezo el Rosario? ¿Todos los días? ¿Solo? ¿Con otros?

3. ¿Qué evoca para mí la oración del Padrenuestro? ¿Me siento hijo de Dios, que es Padre? ¿Eso es para mí importante, esencial, doloroso, vital?

4. ¿Qué lugar concedo al Nombre de Dios Padre en mi vida, en mis decisiones, en mis opciones, en mis compromisos, en mi relación con los demás, en la gestión de mis bienes?

5. ¿Cómo santifico el Nombre de Dios Padre? ¿Con qué actitudes y con qué acciones?

Gesto que se puede realizar:

Al comienzo de la peregrinación a un Santuario de Lourdes y en cada una de sus celebraciones, respondiendo a la invitación del celebrante: cerrar los ojos e inclinarnos reconociéndonos hijos del Padre y dirigirnos unos a otros acogiéndonos mutuamente como hijos del único Padre.

Después de la peregrinación:

Una palabra de Jesús podrá guiar nuestro itinerario después de Lourdes, para que, a la luz del Padrenuestro, la peregrinación infunda un nuevo sentido a toda nuestra vida: “Busca primero el Reino de Dios y su perfecta justicia, y lo demás añado será” (Mt 6, 33).

Padre Nuestro en comunidad

2. HÁGASE TU VOLUNTAD:

El tema de la voluntad del Padre nos recuerda que Dios es lo primero, puesto que hemos sido creados por Él y para Él. Por eso, hacer la voluntad del Padre es para nosotros sinónimo de expansión y de realización.

Para hacer la voluntad de Dios, Moisés descubre, paso a paso, que debe ser dócil, que tiene que dejarse guiar por Dios y eso en medio de las dificultades, de las tentaciones y de las incomprensiones. El fruto de su obediencia hace posible la Alianza de Dios con su Pueblo.

Bernardita aprende de María cómo vivir hoy la Alianza con Dios. Para eso, la muchacha debe responder a lo que le dice y le pide la Señora. María expresa su voluntad de amor. Bernardita le corresponde poco a poco, a veces con alegría, a veces con incertidumbre o incluso con dolor: “No pude hacer la Señal de la Cruz antes de que la hiciera la Señora”; “He prometido”; “Estoy contenta porque hice el recado”; “¿En qué le he fallado?”

Pero, al final de cada una de sus experiencias, Bernardita goza siempre como de algo bien hecho que es, para ella, el encuentro con Jesús y, para los demás, el poder emprender la peregrinación y vivir también un mismo encuentro.

De esa manera, Bernardita, como Moisés, se convierte en testigo visible de la voluntad del Padre, manifestada en la persona de la más eminente hija del Padre.

El Evangelio es la Buena Noticia que nos muestra a Jesús cumpliendo a la perfección la voluntad del Padre. También para Él, la peregrinación terrestre pasa por la tentación, el rechazo, la incomprensión, el sufrimiento. Pero, en todas las circunstancias, Jesús opta por el Padre: “Padre, si quieres, aparta de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. (Lucas 22, 42).

La peregrinación, tal como se puede vivir en Lourdes, es un tiempo privilegiado para hacer un discernimiento, en la oración y en el intercambio. Cada uno está invitado a redescubrir, partiendo de su propia experiencia, que la
voluntad del Padre es una voluntad de Amor. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es Amor. Dios crea al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza para que vivan entre ellos, y con Él, una vida en el amor. Tal es la voluntad del Padre de Jesús y Padre nuestro, de quien nace el Amor y, en consecuencia, toda voluntad de Amor.

Interrogantes que nos podemos plantear:

1. ¿Qué lugar doy a mi voluntad propia? ¿Tengo en cuenta la voluntad de los demás, la voluntad del Padre, la voluntad de las personas que me rodean?

2. ¿Cómo me represento la voluntad del Padre: para mí, para los demás, para todo el género humano?

3. ¿Qué medios empleo para conocer la voluntad del Padre? ¿Lealtad con mi conciencia? ¿Oración? ¿Lectura de la Palabra de Dios? ¿Retiro? ¿Acompañamiento espiritual? ¿Compromiso en la Iglesia? ¿En la sociedad?

4. ¿Soy fiel a mi estado de vida para vivir la voluntad del Padre? ¿Soy fiel a las promesas del bautismo, del matrimonio, del sacerdocio, de la vida religiosa, de la vida consagrada?

5. Ante las opciones fundamentales de la existencia, ¿qué importancia tienen mi deseo de hacer la voluntad del Padre, la búsqueda de mi vocación, el matrimonio, la educación de los hijos, la ética en la vida profesional?

Gesto que se puede realizar:

Durante la peregrinación, posiblemente, con motivo de una celebración:

1. Reconocer en el secreto de nuestro corazón lo que, en nuestra propia vida, supone un obstáculo para la voluntad del Padre (En el marco de una celebración cada uno podría escribir para sí mismo lo que le impide hacer la voluntad del Padre, y, después de pedir al Padre, por el Hijo, en el Espíritu, la gracia de poder cumplir la voluntad del Padre, romper el trozo de papel).

2. Hacer algún propósito en relación con el Padre y, bajo su mirada, tener un gesto fraterno con los demás, con el deseo de hacer, de esa manera, la voluntad del Padre.

Después de la peregrinación:

Podrá guiarnos una palabra de Jesús, para que, a la luz del Padrenuestro, ajustemos nuestra voluntad a la del Padre y eso sea para nosotros cada vez más vivificante: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre que me envió y llevar a término su obra” (Juan 4, 34).

Padre Nuestro en la Misa

3. DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA:

Esta petición central en la oración del Padrenuestro nos recuerda nuestro vínculo filial, nuestra dependencia vital respecto a Dios.

Sin embargo, nuestra naturaleza humana contaminada por el pecado, nos impulsa sin cesar, como a nuestros primeros padres, a querer ocupar el lugar de Dios, a desear “ser como dioses”. Creyéndonos entonces el centro del mundo, olvidamos inmediatamente nuestra dependencia en relación con Dios y con los otros.

En el desierto, después de haberse encontrado con Dios en la cumbre del Monte, Moisés descubre que el Pueblo ha rechazado a su Señor para adorar un becerro de oro. Inmediatamente después, en cuanto se plantea el tema de la comida, el Pueblo murmura contra Dios, diciendo que prefiere la esclavitud de Egipto al camino de libertad que el Señor abre para él por el desierto.

La respuesta de Dios esta desaprobación que el pueblo le hace, es el don del maná “Yo les haré llover pan del Cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día”. (Éxodo 16, 4).

En el Evangelio, Jesús distingue dos panes, el de la tierra y el del Cielo: “Les aseguro, me buscan no porque han visto signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”. (Juan 6, 26). Y Jesús añade inmediatamente: “Trabajen no por alimento que perece, sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna, el que les dará el Hijo del Hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre Dios”. (Juan 6, 27).

El 11 de febrero de 1858, Bernardita está buscando pan. Desea, ante todo, el pan del Cielo que la hace volver a Lourdes unas semanas antes, para poder seguir preparándose para la primera comunión. Pero, al mismo tiempo, la necesidad del pan diario la llevó a la gruta, para buscar leña, que servirá de moneda de cambio para conseguir un poco de este alimento vital.

En un caso, como en otro, Bernardita manifiesta su inquebrantable confianza en Dios Padre y en su Providencia, como lo expresa sencillamente ella misma en esta hermosa oración: “Te ruego que me concedas el pan de la humildad, el pan de la obediencia, el pan de la caridad, el pan de fortaleza para vencer mi voluntad y fundirla con la tuya, el pan de la mortificación interior, el pan del despego de las criaturas, el pan de la paciencia para soportar los dolores que sufre mi corazón. Oh Jesús, me quieres crucificada, ¡fíat! el pan de la fortaleza para sufrir bien, el pan de verte solo a ti siempre y en todo”.

El 3 de junio de 1858, algunas semanas solamente antes de la última aparición, el 16 de julio, Bernardita hizo su Primera Comunión. Se cumplió su deseo más profundo. Es plenamente hija del Padre que tanto la ama, hasta el punto de darle a su propio Hijo (Juan 3, 16).

Actualmente, después de Bernardita, millones de hombres y mujeres peregrinan cada año a un Santuario de Lourdes. Los motivos son distintos. Impulsados por necesidades materiales, algunos expresan su desasosiego. Otros gritan su sufrimiento. Otros están buscando todavía un camino espiritual de conversión o reconciliación.

De hecho, cada uno se abre a los dones de Dios a través de los demás. Por eso, muchos descubren cada día el pan que el Padre da: la presencia de los otros.

Interrogantes que nos podemos plantear:

1. ¿Considero que dependo de Dios Padre? ¿En qué se manifiesta concretamente para mí esta dependencia? ¿En mi asiduidad en la oración? ¿En mi lectura frecuente de la Palabra de Dios? ¿En mi participación en la Misa dominical?

2. ¿Dependo de los demás? ¿En qué? ¿Eso es para mí un hecho positivo? En mi relación con los demás, ¿estoy abierto a la escucha, al diálogo? ¿Se me ocurre pedir consejo?

3. ¿El pan material tiene para mí un valor especial? ¿Tengo cuidado de no derrocharlo, de compartirlo? ¿Cómo reacciono frente a la carencia de pan de cientos de millones de mis contemporáneos?

4. ¿Qué es lo que no debe faltar en mi vida para que tenga un sentido, para que sea una vida llena, realizada?

5. ¿Cuál es la comida que me alimenta de verdad? ¿Qué es lo que me hace crecer? ¿Quién me fortalece? ¿Quién me alegra?

Gesto que se puede realizar:

Durante la peregrinación, en el momento que se indique:

1. Poner por escrito algunas palabras para dar gracias al Señor por todo el alimento que recibimos y que nos hace vivir.

2. Recoger las notas con esa oración, ponerlas en una cesta y depositarlas al pie del altar del Señor, en el momento del ofertorio, durante una misa que congregue al mayor número de peregrinos.

También durante la peregrinación, quienes lo deseen, hacer un sencillo propósito de ayudar, aunque sea modestamente, a alguna persona de su entorno, con una acción concreta.

Después de la peregrinación:

Dejarnos guiar por una palabra de Jesús, para que prosigamos nuestra marcha a la luz del Padrenuestro. Diciendo “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Deuteronomio 8, 3 y Mateo 4, 4), Jesús nos ayudará a seguir viviendo en nuestro lugar de residencia igual que en Lourdes.

Padre Nuestro

4. PERDONA NUESTRAS OFENSAS, NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN Y LÍBRANOS DEL MAL:

Las últimas peticiones del Padrenuestro nos sitúan frente a nuestra realidad, la de nuestra naturaleza humana herida por el pecado y propensa a apartarse de Dios. Pero estas peticiones son un acto más de fe en el amor que Dios nos manifiesta, un amor mayor, más fuerte, más poderoso que nuestro pecado, nuestro sufrimiento, e incluso que nuestra muerte.

Cuando el Pueblo, tras haberse desviado de Dios, reconoce su pecado, Moisés puede interceder. Y, por medio de un gesto concreto que les pide realizar, Dios concede, al mismo tiempo, el perdón, la curación y la liberación (cfr. Números 21, 8).

Jesús es fuerte por la Palabra que el Padre pronunció sobre Él en el momento del Bautismo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. (Lucas 3, 22).

Cuando Él mismo es tentado en el desierto, hace referencia al Padre diciendo: “Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto”. (Lucas 4, 8).

Cuando llega la ofensa, la humillación y el mayor sufrimiento, Jesús se dirige al Padre para interceder por sus perseguidores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lucas 23, 34).

Siendo aun muy joven, Bernardita experimenta sus limitaciones. Esto le permite aceptar las reprensiones de sus padres, sin rebelarse.

En este contexto, la luz de la primera aparición conduce a Bernardita al confesionario del P. Pomian para recibir, por primera vez, el perdón sacramental. Después de esta primera confesión, las palabras de María van a resonar de manera particular en su corazón: “Rece a Dios por la conversión de los pecadores”. “Penitencia. Penitencia. Penitencia”. “Vaya a beber y a lavarse en la fuente”.

De manera esclarecedora para los peregrinos de Lourdes, Bernardita no se excluye de este mensaje. Por el contrario, se lo apropia hasta el punto de que las últimas palabras que pronunciará en este mundo son el eco de aquellas: “Ruega por mí, pobre pecadora”. Así expresó Bernardita su búsqueda constante del perdón.

Igual que toda criatura humana, Bernardita experimentó también la tentación. Con su sencillez, pero también
con su deseo de vivir como hija del Padre, nos revela el secreto de su vida: “El primer movimiento no nos pertenece. El segundo sí”. Si el primer movimiento se caracteriza por la debilidad de la naturaleza humana, de la que se aprovecha el tentador, el segundo movimiento, por su parte, se vive en unión con Jesús, el Hijo del Padre. Es ciertamente así, con esta conversión de cada instante, como Bernardita puso en práctica la invitación a la penitencia que le fue hecha en la Gruta.

Estas dos etapas de la oración y de la penitencia encuentran en Bernardita su plena realización en la liberación del mal. Librándonos del mal, el Padre no nos devuelve a una situación del pasado, sino que nos hace entrar en una vida nueva. Es el sentido de las palabras de María: “Vaya a beber y a lavarse en la fuente”. El gesto del agua anuncia y prefigura la acción sacramental cuyo fruto espléndido es nuestra reintegración en la familia del Padre.

En Lourdes hoy día, los que nos presentamos con nuestra humanidad herida, descubrimos, contemplando a la Inmaculada, que la gracia es más fuerte que el pecado, que el amor es mayor que nuestro egoísmo y que la reconciliación es posible para quien se abre a Ella.

Interrogantes que nos podemos plantear:

1. ¿Soy consciente de que la naturaleza humana está contaminada por el pecado? ¿Conozco mi propio pecado? ¿Soy capaz de nombrarlo?

2. ¿Estoy convencido de que con la gracia que el Padre me concede, por el Hijo, en el Espíritu, puedo vencer las
tentaciones, ir más allá de mi pecado, disfrutar de la vida sin el mal?

3. ¿Cuáles son mis experiencias de liberación: de un vicio, de una mala inclinación, de una relación complicada?

4. ¿Qué lugar dejo al perdón: en mi vida de pareja, en la familia, en el trabajo, con mis vecinos, en la comunidad cristiana?

5. ¿Qué lugar ocupa en mi vida el sacramento del perdón y de la reconciliación? ¿Cómo me preparo para él?

Gesto que se puede realizar:

Durante la peregrinación :

1. Al comienzo de la Misa, el celebrante invita a hacer un gesto de perdón mutuo antes de decir el «Yo confieso».

2. Incluir en la misma Misa el gesto del agua “como Iglesia”, como un gesto penitencial.

3. Se propondrá el sacramento del perdón y la reconciliación a ser posible con una catequesis que preceda a la confesión individual.

Después de la peregrinación:

Podrá servirnos de guía una Palabra, para que, a la luz del Padrenuestro, crezcamos en la fe. Es la palabra del Apóstol, cuando dice que “allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20).

Artículo de reflexión creado por el Padre Horacio Brito, Rector del Santuario de Lourdes Francia, junto al Padre Régis-Marie de La Teyssonnière. La versión publicada en nuestro sitio web tiene algunas adaptaciones.

Fuente: Santuario de Lourdes Francia.

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