SANTUARIO Y PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

Gruta y Basílica. Quinta Normal, Santiago de Chile.


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EL SANTO ROSARIO EN LOURDES

Bernardita Soubirous

Guiados por Bernardita, comenzamos una tercera parte sobre la oración con un nuevo tema del año. En 2010: Hacer la señal de la cruz con Bernardita. En 2011: Rezar el Padrenuestro con Bernardita. Así pues, para el año 2012 queremos considerar el rezo del Rosario a la luz de Bernardita, la luz que envolvía a la Madre de Dios durante las Apariciones y que es la luz que Dios nos da para seguir los pasos de su Hijo.

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“Oí un ruido como una ráfaga de viento”. Así es como Bernardita describió el comienzo de las Apariciones, el comienzo de los acontecimientos que son la base de lo que es hoy Lourdes. Como el día de Pentecostés para los Apóstoles, el Espíritu Santo se da a Bernardita para que pueda contemplar, interiorizar, participar y dar testimonio del misterio de la salvación para toda la humanidad.

En esta experiencia, María, la Madre de Dios, será para esta muchacha una verdadera maestra de vida espiritual. Con su presencia, sus palabras y sus gestos, introducirá poco a poco a Bernardita, en la contemplación del misterio de su Hijo, el Redentor del mundo.

El secreto de esta “pedagogía mariana” está, ante todo, en la mutua acogida que estas dos mujeres, María y Bernardita, se dedican la una a la otra. Acogiendo a María, Bernardita acoge a Cristo: “¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?” (Lucas 1, 42) y acogiendo a Bernardita, María acoge a Cristo: “Cada vez que lo hicieron con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron.” (Mateo 25, 40). El sello de esta alianza, de este encuentro y de esta amistad, será la señal de la Cruz. “La Señal de la Cruz es, de alguna manera, la síntesis de nuestra fe.” (Benedicto XVI, el 14 de septiembre de 2008).

El otro secreto de esta “Via Mariae” será el rezo del Rosario, pues será como el apoyo del encuentro. En primer lugar, apoyo pedagógico, pues todas las oraciones conocidas por Bernardita, que por entonces ignoraba todo sobre la religión, se encuentran contenidas en esta devoción tradicional de la Iglesia. Y luego, apoyo espiritual, ya que, también, por medio de esta oración sencilla y al alcance de todos, los cristianos pueden contemplar el desarrollo de los misterios de la vida de Jesucristo. En efecto, lo que María confía y comparte con Bernardita, es su propia experiencia de discípula de Cristo, su propia experiencia de vida cristiana. “Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento. Y han sido esos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido, el Rosario que ella ha rezado constantemente en los días de su vida terrenal.” (Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae Nº 11, 2002).

Así es como María, maestra de vida espiritual y Bernardita, hija de María, hija del Padre y discípula de Cristo, inauguran y abren la puerta de esta magnífica “escuela de oración” que se tiene en Lourdes desde hace 154 años. Por el rezo del Rosario, hoy como ayer, millones de peregrinos, sea en el santuario, o en otra parte, o a través de los medios de comunicación, siguen aprendiendo y apropiándose las riquezas insondables del misterio de Cristo.

Teniendo en cuenta la tradición que se ha seguido desde hace unos cuantos años, este texto de base intenta ayudar a los peregrinos a vivir cuatro días intensos de peregrinación. En estos cuatro días, los Misterios del Rosario pueden guiarnos, con una serie de misterios cada día, y sin tener muy en cuenta el orden cronológico sino el pastoral. Todos los misterios: gozosos, dolorosos, gloriosos y luminosos, tienen su reflejo en las Apariciones y en el Mensaje de Lourdes.

Nacimiento de Jesús

1. MISTERIOS GOZOSOS:

La Anunciación. La Visitación. El Nacimiento de Jesús. La Presentación de Jesús en el Templo. Jesús perdido y hallado en el Templo.

Contemplar al Emmanuel.

El anuncio del nacimiento de un niño en un matrimonio o en una familia no deja a nadie indiferente. Es el misterio de la vida que se transmite, es la vida confiada a la humanidad. Los sentimientos que surgen por el nacimiento de un niño se reparten entre la alegría de un nuevo nacimiento y la incertidumbre sobre el futuro del niño.

La contemplación de los cinco Misterios Gozosos está marcada por el acontecimiento fundamental de la Encarnación: Dios se hace hombre en la persona de Jesucristo. De hecho esos misterios se desarrollan en torno a la persona del Emmanuel, “Dios con nosotros” y de María que, desde el comienzo del Evangelio, está invitada no sólo a ser la madre de su Hijo según la carne, sino a engendrarlo por la fe en su corazón.

Este acontecimiento está marcado por la alegría. Las primeras palabras dirigidas a María por el arcángel Gabriel son una invitación a la alegría: “Alégrate, María”. En su persona, toda la humanidad se siente aludida por esta invitación a la alegría; al igual que en su respuesta, su “Fiat”, toda la humanidad está comprendida en esa disposición a hacer la voluntad de Dios.

La narración evangélica de la Visitación a Isabel y del Nacimiento de Jesús está también impregnada de una atmósfera de alegría. Juan Bautista “salta de alegría” en el vientre de su madre. (Lucas 1, 44) En Belén, los ángeles anuncian a los pastores “una gran alegría”. (Lucas 2, 10).

Esta alegría, fruto de la presencia de Dios hecho hombre en medio de nosotros, tiene su origen en un acontecimiento completamente nuevo: este Niño viene al mundo para cumplir la voluntad del Padre y entregar su vida muriendo en la cruz para rescatar a la humanidad. De hecho, los misterios de la Presentación y de Jesús perdido y hallado en el Templo son un anticipo del misterio de la Cruz. El Niño será un “signo de contradicción” (Lucas 2, 34), debe ocuparse de “las cosas de su Padre” (Lucas 2, 49) y “una espada traspasará el alma de María” (Lucas 2, 35). María, que “conservaba todas estas cosas en su corazón”, comienza una larga peregrinación en el seguimiento de su Hijo.

Como los Apóstoles y como todo hombre que viene a este mundo, Bernardita fue llamada a la más alta contemplación, la contemplación de Dios. El evangelista San Marcos nos dice: “Jesús subió al monte, llamó a los que quiso, para que estuvieran con Él…” (Marcos 3, 13).

Antes de confiar cualquier misión a sus discípulos, el Señor los llama “para estar con Él”. De la misma manera, al principio, María invita a Bernardita a estar con ella. Esto explica el silencio y la oración que rodean las siete primeras apariciones. Ese silencio es indispensable para que pueda existir el diálogo y, al mismo tiempo, para que las palabras pronunciadas puedan ser interiorizadas y realizadas.

Durante la tercera aparición María pronuncia tres frases: “no es necesario”, “¿quiere usted hacerme el favor de venir aquí durante quince días?” y “no le prometo la felicidad de este mundo, sino la del otro”. Estas tres frases están impregnadas de la alegría de la Buena Noticia que la Madre de Dios quiere compartir con Bernardita y, al mismo tiempo, de las exigencias y la radicalidad del Evangelio. Aunque la primera frase es la respuesta a Bernardita, que pide a la Señora que le escriba su nombre, deja bien clara la pedagogía de María. De momento, lo más importante es “la alegría del encuentro”. “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. (Mateo 4, 4).

Por el contrario, “venir aquí durante quince días” es necesario para que puedan consolidarse la relación y la amistad entre las dos jóvenes. De esta manera, la catequesis de María, que ya ha comenzado con el silencio y la oración, podrá seguir desarrollándose. Sin embargo, esto no significa que vayan a desaparecer las dificultades pues, en varias circunstancias durante la quincena de las apariciones, Bernardita tendrá que recordar, a sí misma y a los demás, su compromiso y su promesa de fidelidad: “He prometido ir”.

Además, esta invitación implica otro elemento importante: la libertad. Invitándola, María arriesga todo, en la espera de la respuesta de Bernardita. Igual que María experimenta la alegría de haber “encontrado gracia ante Dios”, Bernardita expresa su alegría por haber encontrado a María. Lo mismo que María experimenta la alegría de haber respondido “sí” a la invitación del ángel, también Bernardita se alegra de haber respondido “sí” a la invitación de la Señora.

La respuesta afirmativa a esta invitación tiene una consecuencia: “la felicidad del otro mundo”. Ese otro mundo está dentro de este mundo. Y esa felicidad se sitúa en lo íntimo de la relación que está naciendo entre esas dos jóvenes. El objetivo de esta relación es vivir según los frutos del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. (Gálatas 5, 22-23).

Una peregrinación es tiempo propicio para la alegría del encuentro, a la vez que un tiempo exigente. El encuentro supone: tomar la iniciativa, ir en busca del otro, poner siempre la caridad en el centro del encuentro. El fruto de esta experiencia de comunión es la presencia del Señor en el seno de la peregrinación.


Interrogantes que nos podemos plantear:

1. ¿Quién me ha enseñado a rezar el Rosario? ¿En qué circunstancias? ¿Lo rezo solo, en familia, con otras personas, todos los días, de vez en cuando, en las fiestas de la Virgen?

2. ¿El hecho de ser cristiano es motivo de alegría en mi vida? ¿Las exigencias del Evangelio abren mi vida a otra realidad distinta? ¿La oración es un elemento importante en mi búsqueda de Dios? ¿Me reúno con otras personas para rezar y meditar la Palabra de Dios, para compartir la fe?

3. ¿Renuevo de corazón mi compromiso de vivir como cristiano? ¿En Navidad, en Pascua, en cada misa, todos los días, antes de tomar una decisión importante?

Gesto que se puede realizar:

Al comenzar la primera celebración, invitar a los peregrinos a saludarse mutuamente, sólo porque experimentan la alegría de vivir juntos la experiencia de la peregrinación. Rezar en pequeños grupos, los misterios del Rosario.

Después de la peregrinación:

Una palabra del Evangelio puede ayudarnos a entrar en la alegría de la radicalidad de la vida cristiana: “Para Dios nada hay imposible”. (Lucas 1, 37).

Jesús Crucificado

2. MISTERIOS DOLOROSOS:

La Agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos. La Flagelación. La Coronación de Espinas. Jesús con la Cruz a cuestas. La Crucifixión y Muerte de Jesús.

Contemplar al Siervo de Dios Paciente “Ecce Homo”.

Los Misterios Dolorosos en el rezo del Rosario son una invitación a contemplar el punto culminante de la revelación del amor de Dios y, al mismo tiempo, la salvación que se ofrece a toda la humanidad.

La oración de Jesús en Getsemaní: “Que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22, 42) expresa el “sí”, que borra el “no” de nuestros primeros padres. Y esta adhesión a la voluntad del Padre, en su aspecto de búsqueda dolorosa, aparece también en los demás misterios.

En la contemplación del Ecce Homo se revela no sólo el amor misericordioso de Dios, sino también la fragilidad del hombre.Y María, al pie de la Cruz, nos ayuda a penetrar en la profundidad del gran misterio de la redención del hombre, por la obediencia amorosa de su Hijo.

En la Gruta de Lourdes, María introduce a Bernardita en el conocimiento del Evangelio. La catequesis de María penetra en Bernardita según es ella: su condición humana marcada por el pecado. Al mismo tiempo, entra en la realidad de Bernardita, en su pobreza y su ignorancia, en su enfermedad, y en su indigencia.

Durante las apariciones penitenciales (8ª a 11ª), Bernardita realiza tres gestos a petición de la Señora: andar de rodillas y besar el suelo de la Gruta, comer algunas hierbas y mancharse la cara con el agua embarrada.

Estos gestos bíblicos, eminentemente penitenciarles, nos remiten a los momentos más importantes de la Pasión del Hijo de Dios. Las hierbas amargas del Libro del Éxodo nos hablan del cordero inmolado, con el cual los hebreos pretenden atraerse la gracia de Dios: “El diez de este mes, cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Toda la asamblea de los hijos de Israel lo matará al atardecer. Tomarán la sangre y rociarán las dos jambas y el dintel de la casa donde lo coman. Esa noche comerán la carne, asada a fuego y comerán panes sin fermentar y hierbas amargas.” (Éxodo 12, 1).

El lodo que desfigura la cara de Bernardita es la imagen del “Siervo de Dios paciente”, del que nos habla el profeta Isaías (Isaías 52, 14). El hecho de andar de rodillas y de besar el suelo de la Gruta nos remite a la humillación de Jesucristo: “Él, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.” (Filipenses 2, 6-8).

Estos gestos realizados por Bernardita y repetidos varias veces, tienen como objetivo hacernos descubrir otra realidad. Andar de rodillas y besar el suelo es un gesto de rebajamiento que manifiesta la cercanía y la ternura para con este suelo de la Gruta. Los otros dos gestos, comer hierba y tomar el lodo, expresan el deseo de limpiar este suelo. Hay que pasar por esta purificación para que pueda aparecer lo que está oculto y que es el verdadero tesoro: la fuente. Hay que amar al hombre, hijo de Dios, que es pecador, y librarlo del pecado, para que pueda descubrir en su corazón la fuente de amor y de caridad, puesto que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios: “Vaya a beber y a lavarse en la fuente”, dirá María a Bernardita el 25 de febrero durante la novena aparición.

En la contemplación del Hijo del Hombre desfigurado, coronado de espinas, ensangrentado, contemplamos lo trágico de la historia de los hombres. Pero al mismo tiempo, en el Hijo del Hombre se manifiesta el amor de Dios a la humanidad: “Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua”. (Juan 19, 34).

“Rece a Dios por la conversión de los pecadores”, dirá la Señora a Bernardita el 24 de febrero de 1858. Estas palabras que marcaron profundamente la vida de esta muchacha la ayudarán a avanzar decididamente hacia el amor de Dios y de los hermanos. Bernardita tiene una conciencia clara de ser una pecadora y de ser, además, solidaria con todos los pecadores del mundo. Sus últimas palabras, dirigidas a la Santísima Virgen, serán: “Ruega por mí, pobre pecadora”.

Pero lo mismo que existe una comunión de los hombres en el pecado, existe también una comunión de los hombres en la caridad. La oración nos permite purificar nuestros sentimientos para dar a los demás lo mejor de nosotros mismos. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. (Romanos 5, 20).

Necesitamos la purificación de nuestros sentimientos y de nuestras palabras para poder comunicarnos con nuestros hermanos, no a un nivel superficial, sino a nivel de la fuente de caridad que dormita en nosotros. A ejemplo de la Samaritana, nuestra conversión es posible según las palabras de Cristo: “El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. (Juan 4, 14).

Interrogantes que nos podemos plantear:

1.¿En qué circunstancias descubro la fragilidad de la vida? ¿Una herida, una frustración, la enfermedad, un fracaso, un vicio, una esclavitud?

2. ¿Recuerdo alguna liberación profunda realizada en mi corazón? ¿Alguien me ha ayudado? ¿Alguien me ha acompañado? ¿He pedido que se rece por mí?

3. ¿He dado gracias a Dios y a los demás por la ayuda recibida?

4. ¿Acompaño a personas con dificultades en la vida (físicas o morales)? ¿Soy para ellas una señal de compasión y de esperanza? ¿Me intereso por las personas que sufren?

5. ¿Hago algo por ellas? ¿Me reúno para ayudar a los que sufren?

Gesto que se puede realizar:

Participar en el ejercicio del Vía Crucis. Rezar los misterios dolorosos en pequeños grupos.

Después de la peregrinación:

Estas palabras del apóstol San Pablo podrían guiar nuestra reflexión: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo”. (Colosenses 1, 24).

Esta expresión de Bernardita puede ayudarnos en nuestro propósito de conversión: “Lo que me concierne, ya no me concierne”.

Jesús Resucitado

3. MISTERIOS GLORIOSOS:

La Resurrección. La Ascensión. La venida del Espíritu Santo. La Asunción de Nuestra Señora. La Coronación de la Virgen en el Cielo.

Contemplar al Resucitado.

Contemplando a Cristo Resucitado, el cristiano descubre, cada vez más, el fundamento de la fe. Al mismo tiempo, la Resurrección pone de relieve la alegría de los primeros testigos, María Magdalena y los discípulos de Emaús. También los Apóstoles, que después de la Ascensión de Jesús volvieron a Jerusalén “llenos de alegría” (Lucas 24, 52), “una alegría que nadie les podrá arrebatar”. (Juan 16, 22). La Virgen María aparece íntimamente asociada a esta alegría. “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, con María, la Madre de Jesús”. (Hechos 1, 14). Por ello los misterios de la Asunción y de la Coronación, son como la consecuencia del saludo del Ángel: “Alégrate, María”.

“En el tercer misterio glorioso, el Rosario coloca en el centro de este itinerario glorioso de los Hijos y de su Madre el misterio de Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia unida a María, reavivada por la poderosa efusión del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora”. (Juan Pablo II)

De esta manera, los Misterios Gloriosos abren el corazón de los creyentes a la espera de un cielo nuevo y una tierra nueva. De esa manera, constituida como pueblo de Dios, avanza la peregrinación de la humanidad a través de la historia.

Entre la llamada y el envío, María y Bernardita se encontraron diez veces. Durante estos encuentros no se le confió a la niña ninguna misión. Diez encuentros que se caracterizaron por la alegría de estar con María. Diez encuentros en los que María invitó a Bernardita a acoger a su Hijo en el misterio de la cruz.

Pero es entonces cuando, de una manera imprevisible, la relación entre estas dos muchachas, se abre a toda la Iglesia, a toda la humanidad: “Vaya a decir a los sacerdotes”. Igual que María Magdalena y los discípulos de Emaús fueron enviados a anunciar a los apóstoles la Buena Noticia de la Resurrección, también Bernardita es enviada por la Señora a anunciar “a los sacerdotes”, es decir, a la Iglesia, que hay que construir una capilla y venir en procesión.

Sólo la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, tiene capacidad para hacer que una gracia singular, recibida por una persona, pueda estar al alcance de todos. Porque recibió el poder de hacer que todos tengan acceso a la fuente de la salvación. Así la gracia recibida por Bernardita se extiende a todos, por todas partes y para siempre.

Construir la capilla y venir en procesión significa construir el Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu. Pero estas palabras son también una invitación a dejar que la Iglesia pueda realizar su obra. Por la proclamación de la Palabra de Dios y la celebración de los sacramentos, la Iglesia sigue construyendo la capilla. Convocando para la procesión, la Iglesia sigue invitando a la humanidad a tener acceso al misterio del Cristo y llegar hasta el final: el Cielo y la Coronación con la Vida Eterna.

Interrogantes que nos podemos plantear:

1. ¿Quién me ha enseñado el catecismo? ¿Me gustaría enseñar el catecismo?

2. ¿Con qué gestos concretos participo en la vida de la Iglesia? ¿Los sacramentos? ¿Una institución, asociación o movimiento de Iglesia? ¿Me doy a conocer como cristiano? ¿He recibido una formación cristiana? ¿Trato de crecer y de formarme en la Fe?

3.¿Conozco a un sacerdote? ¿Conozco a los cristianos de mi parroquia?

4. ¿Soy el primer testigo de la fe para mis hijos? ¿Me he planteado el tema de su formación cristiana?

5. ¿Mis principios, mis palabras, mis decisiones, mis gestos, son anuncio de una realidad llena de esperanza? ¿Intento buscar para mí y para los demás lo que más conviene para crecer en la caridad y en la unidad?

Gesto que se puede realizar:

Participar en la Misa y en las procesiones como un signo de la unidad y la diversidad de la Iglesia, enviada
para anunciar el Evangelio a todas las naciones. Rezar los misterios gloriosos en pequeños grupos.

Después de la peregrinación:

Unas palabras de Jesús: “Mis palabras son Espíritu y Vida”. Palabras de Bernardita: “Estoy encargada de decírselo no de hacérselo creer.”

Transfiguración del Señor

4. MISTERIOS LUMINOSOS:

El Bautismo de Jesús. Las Bodas de Caná. El Anuncio del Reino. La Transfiguración. La institución de la EucaristÍa.

Contemplar a Jesucristo Transfigurado.

Cristo es la “luz del mundo” (Juan 8, 12). Realmente, todo el misterio del Cristo es luz. Y la visibilidad de esta luz se manifiesta en su vida pública cuando anuncia el Evangelio del Reino. Por ello en los misterios luminosos del Rosario tenemos acceso a la revelación del Reino presente ya en la persona de Jesús. “En estos misterios, excepto en el de Caná, la presencia de María queda en el trasfondo” (Juan Pablo II). Sin embargo, las palabras de María “Hagan lo que Él les diga” (Juan 2, 5) son un fondo mariano de los misterios luminosos: “Éste es mi Hijo amado” (Mt. 3, 17), en el Bautismo; “Escúchenlo” (Marcos 9, 7), en la Transfiguración; ”Hagan esto en conmemoración mía” (Lucas 22, 19), en la Institución de la Eucaristía.

El 11 de febrero de 1858, Bernardita que ya está enferma de asma, que padece desnutrición y hambre, se encuentra delante de una gruta húmeda y obscura, en busca de leña y hueso secos. Y en ese preciso momento, después de haber escuchado como “una ráfaga de viento”, vuelve su mirada hacia la Gruta y ve a una joven vestida de blanco y rodeada de luz. Durante las dieciocho Apariciones Bernardita ve la luz, que se refleja en su cara, y se convierte así en el signo de la luz.

María refleja la luz del que es la luz, Jesucristo. Y si Bernardita refleja esa luz en su cara es porque su corazón está iluminado por esa luz. Al mismo tiempo esa luz le muestra la oscuridad de su corazón. Por eso, el sábado siguiente, Bernardita va a ver al P. Pomian para confiarle la extraordinaria experiencia que acaba de vivir. Este encuentro con el sacerdote es muy significativo, pues nos sugiere que la misma luz que ve en la Gruta se encuentra en la vida sacramental, en la vida de la Iglesia. “Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto Sínodo desea ardientemente iluminar a todos los hombres anunciando el Evangelio a toda criatura con la claridad de Cristo que resplandece sobre la faz de la Iglesia”. (Concilio Vaticano II Lumen Gentium, Nº 1).

A partir de la tercera aparición Bernardita llevará una vela encendida. Esta vela le servirá desde el comienzo de las Apariciones para alumbrar el camino que la lleva a Massabielle. Pero poco a poco, esta vela adquirirá un significado distinto. En primer lugar, la vela evoca en Bernardita el recuerdo de su Bautismo, que es hija de Dios, que lleva en su vida la luz de Pascua, a Jesucristo muerto y resucitado por nosotros. “Todo lo descubierto es luz. Por eso dice: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará”. (Efesios 5, 14).

El 7 de abril de 1858, miércoles de Pascua, en la decimoséptima aparición, la llama del cirio que lleva Bernardita en la mano, lame durante algunos minutos los dedos de la muchacha sin quemarlos. Cristo, luz del mundo, no vino a condenar a nuestra humanidad, sino a salvarla. “La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas”. (Const. Gaudium y Spes, Vaticano II, Nº11)

El 3 de Junio, fiesta del Corpus Christi, en el Hospicio de las Hermanas de Nevers, Bernarita recibe por primera vez, el Cuerpo de Cristo. Lleva en la mano una vela encendida. “La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe, y al mismo tiempo “misterio de luz”. (Juan Pablo II: Ecclesia de Eucaristía, Nº 6)

El 16 de Julio, día de la última aparición, Bernardita no llevaba vela alguna. Sin embargo, ese día, aunque estaba muy lejos de la Gruta, después de haber contemplado a la Señora dirá: “La vi más bella que nunca”. Si Bernardita puede admirar de esa manera la belleza de María, es porque se le parece cada vez más. Lleva en su corazón la luz de la Inmaculada. “Ustedes son la luz del mundo” (Mateo 5, 14). “Seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es”. (1 Juan 3, 2).

Interrogantes que nos podemos plantear:

1. ¿Acepto las oscuridades que hay en mi inteligencia, en mis sentimientos, en mi vida afectiva?

2. ¿Deseo que la luz brille sobre estas realidades?

3. ¿Sé pedir consejo a las personas calificadas para aconsejarme?

4. ¿Considero la Palabra de Dios como una luz en mi vida?

5. ¿Como padre, madre, esposo, esposa, sacerdote, religioso, religiosa, amigo, transmito palabras que iluminan a los que me rodean?

6. Los sacramentos son una gracia y una luz para los distintos aspectos de la vida. ¿Recurro a ellos tan a menudo como debiera?

7. ¿Soy agradecido con las personas que me ayudaron a orientar mi vida en la buena dirección: mis padres, los maestros, los amigos, los catequistas, los sacerdotes, la familia?

Gesto que se puede realizar:

Encender la vela de mi vecino al comienzo de una procesión. Rezar los misterios luminosos en pequeños grupos.

Después de la peregrinación:

“Den gracias a Dios Padre, que los ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz”. (Colosenses 1, 12)

Artículo de reflexión creado por el Padre Horacio Brito, Rector del Santuario de Lourdes Francia, junto al Padre Marc Kemseke. La versión publicada en nuestro sitio web tiene algunas adaptaciones.

Fuente: Santuario de Lourdes Francia.

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