SANTUARIO Y PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

Gruta y Basílica. Quinta Normal, Santiago de Chile.


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LOURDES, LA ALEGRÍA DE LA CONVERSIÓN

Tema Pastoral Lourdes 2014

Gruta con Peregrinos

¿Qué vienen a hacer en Lourdes los numerosos peregrinos de ayer y de hoy? Lourdes, su peregrinación y su Gruta, no han sido iniciativa de hombre alguno. Las generaciones pasan. El lugar permanece y las muchedumbres acuden siempre. En busca de alegría y de un poco de consuelo en medio de una vida en que las penas, como las aguas embarradas del Gave en crecida cubren la fuente, los peregrinos o turistas, mirones o curiosos, cristianos o no, ateos o religiosos, todos vienen a buscar en este hueco de la roca algo que eleve el corazón en una vida en la que el sufrimiento está demasiado presente. Los servidores de la Gruta, la gente sencilla y los grandes personajes, todos son testigos de que hay aquí una fuente que mana para todos, cuyo secreto se nos escapa y nos supera. Roca y fuente atraen y consuelan.

Con la alegría buscada, está la alegría ofrecida. Bernardita dirá: “La Gruta era mi cielo”. Los dieciocho encuentros con la Señora fueron de alegría y de sonrisas, de amistad compartida y de intercambios sencillos a la vez que profundos. Sin embargo, la Señora no prometerá la felicidad de este mundo sino la del otro. La verdadera alegría es realista. Nos afianza en la alegría de las cosas de cada día asumidas con fe y razón. María, es verdadera madre y pedagoga, promete la alegría y abre el camino hacia esa felicidad eterna. Nos recuerda en Lourdes lo que decía Paul Claudel: “La alegría es la primera y la última palabra del Evangelio”. La alegría del Evangelio, nacida de la Encarnación del Verbo, de su misión entre nosotros, de su cruz y su resurrección.

Peregrino de la tierra y del cielo no olvides tu condición de caminante de eternidad. Avanza decidido por el camino del Evangelio, hecho de alegría, de conversión y de penitencia. Pues la única tristeza de los encuentros entre la Señora del cielo y la jovencita de Lourdes será la evocación del pecado, verdadero obstáculo para la alegría prometida. María vino en pleno siglo XIX para invitarnos a la alegría. Ésta no se opone a los descubrimientos de la ciencia y de la razón, sino que los ordena en el auténtico sentido del hombre, de todo hombre y de todo el hombre. Esta alegría de eternidad es un don, igual que el fruto de nuestra conversión.


Aparición

SORPRENDIDA POR LA LUZ, BERNARDITA ENTRA EN CAMINO DE CONVERSIÓN.

Ante todo, la conversión no es algo penoso que hay que hacer o vivir, mucho menos es una iniciativa personal. Es un don que recibimos, la mayor parte de las veces con gran sorpresa nuestra. La conversión es la respuesta a una llamada que nos supera, llamada a la vida del Reino que nos aventaja, nos precede y está entre nosotros. “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: conviértanse y crean en el Evangelio”. (Marcos 1, 15)


Dios ha tenido siempre la iniciativa:

La larga historia de Israel y de la Iglesia manifiesta la deferencia que Dios tiene constantemente con nosotros por pura gracia.

¿Quién es Débora, la profetisa que sorprende a los suyos, más de mil años antes de Cristo, conduciéndolos a la victoria? Sus hermanos se rebelan contra los reyes cananeos, que los esclavizan. Y les es concedida la liberación fuera de toda expectativa. ¡Qué alegría! “Donde se celebran las gestas del Señor, las gestas de sus aldeanos en Israel. ¡Despierta, despierta, Débora! ¡Despierta, despierta, entona un canto! ... Zabulón es un pueblo que expuso su vida a la muerte, lo mismo que Neftalí, sobre las alturas del campo. Llegaron los reyes, lucharon. Lucharon entonces los reyes de Canaán, en Tanak, junto a las aguas de Meguido,... El torrente Quisón los arrolló, torrente antiquísimo, torrente de Quisón. Alma mía, camina con brío”. (Jueces 5, 11-12)

¿Quién es Moisés, ese desconocido?, “¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro?" (Éxodo 2, 14), que se convierte en juez entre sus hermanos, instrumento de Dios para librar a un pueblo de seminómadas del yugo del Faraón, cruzando las aguas tumultuosas del Mar Rojo? “Entonces Moisés y los hijos de Israel entonaron este canto al Señor: ‘Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria, caballos y carros ha arrojado en el mar. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Él es mi Dios, yo lo alabaré; el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré’”. (Éxodo 15, 1)

“Quién eres tú?”, preguntan los enviados de los jefes de los sacerdotes a Juan el Bautista a la orilla del Jordán. “¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías ? ...¿Eres tú el profeta? ... ¿Qué dices de tí mismo?” (Juan 1, 19-23). Jesús mismo sorprende a su auditorio y le hacen las mismas preguntas: “Dinos, ¿con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha dado esta autoridad?” (Lucas 20, 2)

En la Gruta, la iniciativa viene del cielo:

Bernardita se sorprende ante la llegada de la Señora. A partir de aquel jueves 11 de febrero de 1858, los que la rodean se hacen preguntas sobre la identidad y las razones de la visita celestial. ¿Quién es esa Señora? ¿Qué quiere hacer? ¿Cuál es su nombre? ¿Viene a transmitir un mensaje? Cuando le pregunta su nombre, la Señora no se manifiesta: “No es necesario”, dice. Como Jesús, su Hijo, que no se revela a los curiosos, María no quiere satisfacer la curiosidad humana.

Invita a Bernardita a venir, a ver y a estar en su presencia. “¿Quiere usted hacerme el favor de venir aquí durante quince días?” Situación parecida a la de los discípulos del Bautista cuando se acercan a Jesús: “¿Qué buscan?” pregunta el Señor. “¿Dónde vives? ... - Ven y verás... Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día”. (Juan 1, 38-39) Bernardita, yendo a ver a la Señora y permaneciendo largo rato junto a ella, va a vivir, a conocer y a profundizar en el camino de la verdadera felicidad, que está vinculada íntimamente a su conversión. Eso no es iniciativa suya. Debe aprender a recibirlo como una gracia.

Los herederos del pueblo de Israel, con Débora y Moisés, los discípulos del Bautista, como también los de la llamada de Dios a la alegría es un camino de conversión. Las palabras penitencia y conversión son parecidas en la Biblia. Significan: volverse hacia. Convertirse es volverse hacia Dios. Mientras el corazón del hombre puede ser mantenido y retenido por muchos deseos o necesidades, posiblemente muy legítimas, he aquí que Dios lo sorprende para volverlo hacia Él y orientar todas las cosas en Él, por Él y con Él.

Ciertamente Bernardita vivía ya la fe cristiana y estaba impregnada del amor de su familia, pero estaban todos en la miseria. Viene a buscar aquí algo con que poder alimentarse un poco mejor. El que dijo un día a Moisés: “He visto la miseria de mi pueblo...” (Éxodo 3, 7) nos dice un día por Jesús: “Nadie les quitará su alegría”, (Juan 16, 22) y por medio de la Señora dice a esta niña de la Bigorre: He visto la miseria de este siglo y la tuya; la invito a la alegría por el camino de la verdadera libertad.

Gruta

Una invitación a orientar su vida hacia Dios:

La llamada de Dios a la alegría es un camino de conversión. Las palabras penitencia y conversión son parecidas en la Biblia. Significan: “volverse hacia”. Convertirse es volverse hacia Dios. Mientras el corazón del hombre puede ser mantenido y retenido por muchos deseos o necesidades, posiblemente muy legítimas, he aquí que Dios lo sorprende para volverlo hacia él y orientar todas las cosas en Él, por Él y con Él.

Tener el corazón vuelto hacia Dios, inclinar su corazón hacia Dios, es el gran deseo y el ideal de todo judío piadoso. El hermoso Salmo 118 que canta las alabanzas de la Ley divina se expresa así: “Inclina mi corazón a tus preceptos, y no al interés... Inclina mi corazón a cumplir tus leyes, siempre y cabalmente”. El salmista es consciente de que la conversión, volver su corazón hacia Dios, es un don. Su oración larga y perseverante pide con insistencia el don de la conversión.

Este don es consecuencia de la iniciativa divina que viene a nuestro encuentro para sacarnos de nuestras miserias, siendo la mayor tener el corazón apartado de Él. Ahora bien, mantener el corazón orientado hacia el Redentor es también, ciertamente, una gracia. Los hebreos tienen la experiencia de ser, como nosotros, un pueblo de dura cerviz. Clamarán a Dios después del destierro de Babilonia, cuando lo reconocen como una consecuencia de su infidelidad: “Me has tratado con dureza, como a un novillo sin domar, pero he aprendido la lección. Hazme volver y volveré, pues tú eres mi Dios, Señor” (Jeremías 31, 18). Y, prueba de que la conversión es un don indispensable que se da, es que el mismo Dios se compromete a cambiar el corazón de piedra por un corazón de carne para que se entregue a él sin reservas: “Les daré otro corazón e infundiré en ellos un espíritu nuevo: les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que sigan mis preceptos y cumplan mis leyes y las pongan en práctica. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Ezequiel 11, 19-20). Dios realizó su promesa en su Hijo Jesús: “...Esta gracia se manifestó ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio” (2 Timoteo 1, 9-10). En Jesús, nuestro corazón ha sido restaurado, curado, transfigurado.

Desde entonces la vida cotidiana adquiere sentido. Se encuentra iluminada por una primera orientación en la razón de ser, orientación del corazón que da una dirección y un sentido a toda nuestra vida. Nuestro camino está iluminado por la palabra de alegría y de amor del Dios vivo al cual responde un corazón que se inclina

La conversión, una llamada y una gracia ofrecidas a nuestra libertad:

Bernardita recibe esta gracia encontrándose con la Señora. En esta visita de gracia puede orientar firmemente su vida haciala Luz que contempla, e inclinar su corazón hacia la voluntad que se le indica, para decidirse a vivir de esta luz. Ella fue la primera sorprendida, pues ¿cómo habría podido imaginar ese encuentro yendo a la Gruta para tratar de aliviar un poco su miseria? El cielo se acercó a ella para invitarla a responder a la llamada del Señor que proclama el Reino y la alegría de la conversión, sin la cual las alegrías de esta tierra no pueden ser verdaderas.

Todo eso fue para ella un don, pero un don que respeta su libertad: “¿Quiere usted hacerme el favor...?” le pide la Señora. Bernardita se convierte en deudora insolvente. (Mateo 18, 23-34. Parábola del deudor insolvente).

También nosotros, con Ella, recibimos la luz que no falta en ninguna vida. Dejémonos convertir. Volvámonos hacia Aquél que nos espera siempre. Hagámoslo para nuestra verdadera felicidad.

Oraciones para meditar y vivir la peregrinación:

* ¿En qué momentos de gracia de mi vida me he visto sorprendido a la vez que feliz?

* ¿Reconocí entonces una visita de Dios?

* ¿Qué hice de ella? ¿Cómo traté de responder?

* ¿Qué miserias o qué males me atenazan, que me empujan a venir a Lourdes?

* ¿Qué esperanza me guía también?

* ¿Estoy dispuesto a dejar que se transformen mis expectativas?

* ¿Estoy preparado para el encuentro y para lo inesperado de Dios en mi vida?

* ¿Quién es Jesucristo para mí? ¿Qué rostro tiene para mí? ¿El de la alegría, el de la paternidad que cura, sostiene y educa, o el de un moralizador aburrido?

Jóvenes en la Gruta

ALEGRÍA DEL ENCUENTRO Y PROMESA DE FELICIDAD PARA BERNARDITA:

Dios sorprende a su pueblo y le concede el don de volverse hacia Él, de elegirlo, para gozar de la alegría de ser suyo y de participar de sus riquezas en medio de las realidades diarias, que son ya expresión de sus dones. Profundicemos en nuestro conocimiento de esta alegría auténtica que nos llama a convertirnos y a orientar nuestra vida hacia Dios. Alegría para todos nosotros al encontrar el rostro de amor de Dios y al sabernos amados en todo lo que es nuestra humanidad y nuestra vocación a ser hijos de la luz.

Alegría de ser amado, tenido en cuenta, esperado:

Bernardita se siente transportada de alegría por el encuentro que está teniendo. No conoce las palabras del catecismo, lo que, en cierto sentido, es mejor. Esas palabras las recibirá más tarde para aclarar y dar nombre a su experiencia. La alegría no se enseña, se recibe cuando el encuentro es auténtico. Dios no es una teoría, ni un concepto. Hay que descubrirlo. Nos atrae y nos interpela. El amor no se prueba, se experimenta. Una conversión no se obtendrá con un discurso, sino como fruto de una experiencia, a no ser que ese discurso sea experiencia de una palabra que conmueve los corazones de verdad bajo la influencia de la gracia.

Con la perspectiva y las palabras de la Biblia se puede decir que Bernardita contempla en la Señora - con una contemplación que es experiencia de vida en lo más íntimo del alma, igual que en todo el cuerpo - todo lo que Dios quiere realizar en cada uno de nosotros, todo aquello para lo que nos creó. San Pablo lo expresa en palabras muy densas: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedió en el Amado”. (Efesios 1, 3-6).

Las palabras del ángel Gabriel a la Virgen María expresan la misma realidad: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo...” María fue salvada siendo preservada. Nosotros lo somos siendo curados. Dios nos ha creado a todos para estar frente a él, para estar todos juntos a la luz de su gracia que es su propia vida. Cuando, en la Decimosexta Aparición María dijo su nombre: "Yo soy la Inmaculada Concepción", expresó el plan de amor de Dios para toda la creación, de la que Ella es el primero y más preciado fruto. María “más joven que el pecado”, dice Paul Claudel. Revelando su nombre, María dice que somos para Dios. Contemplando a María podemos afirmar que ni la miseria, ni el pecado, ni la muerte tienen la última palabra en nuestra existencia. La última palabra pertenece a Dios.


Una promesa que es peregrinación:

Ese encuentro, ese cambio, esa alianza exigen tiempo y pedagogía. Pero en este siglo XXI las cosas van muy de prisa. Ya en el siglo XIX todo empezaba a acelerarse. Actualmente, la rapidez de las comunicaciones, vinculada a los multimedia, perturba demasiado a menudo, en nuestras prácticas y nuestros espíritus, la necesidad de un tiempo para que maduren las relaciones entre las personas. Con un clic de computador se puede ir al encuentro de un amigo que está en el otro extremo del planeta, lo que no impedirá que, para una relación más profunda, haya que tomar un tiempo y que, durante ese tiempo, no se pueda ir al encuentro de nadie más. Se puede acortar el tiempo de fabricación de un automóvil gracias al adelanto virtual que ofrece la electrónica, pero nunca se acortará el tiempo de gestación de un niño en el vientre de su madre, ni las etapas del crecimiento humano para una buena madurez.

Si convertirse significa volverse hacia alguien, en este caso volverse hacia Dios, para conocer a una persona y encontrarse con ella de verdad, no ahorraremos ni el tiempo del kairos o momento favorable, ni la duración en el tiempo cronométrico. Las primeras palabras de la Señora a Bernardita, el jueves 18 de febrero, en la Tercera Aparición, son significativas de ese espíritu que respeta el tiempo necesario para un verdadero encuentro, y también la naturaleza humana, según el designio de Dios, naturaleza constituida para vivir la Alianza en el tiempo. Bernardita le pregunta su nombre ofreciéndole útiles para escribirlo.

La Señora responde: “No es necesario... ¿Quiere usted hacerme el favor de venir aquí durante quince días? ... No le prometo la felicidad de este mundo sino la del otro”. Tres frases que se sostienen unas a otras y que expresan claramente la alegría a la que Bernardita está invitada.

No es necesario conocer el carné de identidad de una persona para encontrarse con ella. Demasiadas palabras vacías y palabrería en nuestros encuentros nos dejan a unos y a otros, vacíos y sin alegría de comunión.

Nos separamos sin habernos enriquecido mutuamente. Simplemente nos hemos distraído,... cuando no nos hemos hecho daño... María, hija de su pueblo, repite a Bernardita lo que Dios dijo a Moisés en el Sinaí cuando éste le preguntó su nombre. Este nombre, Yahvé, el tetragrama sagrado, puede traducirse: “Yo soy el que soy. Yo soy el que seré, o también Yo seré el que será” (Éxodo 3, 14-15). Esto significa: viniendo conmigo, sabrás quien soy. Lo que soy supera todo lo que puedo dar o decir, dice Dios; en la experiencia de caminar juntos sabrás quien soy, dice el Señor.

De esta manera, el pueblo de Israel vivió una larga peregrinación para aprender quién es Dios, quién es este Dios maravilloso que lo libró de toda forma de esclavitud. Períodos de alegría y períodos de sufrimiento que se sucedían en la marcha de Israel, en medio de los vientos y mareas de la historia, forjaron un pueblo que aún hoy día, después de cuatro mil años, tiene como la mayor alegría confesar el Nombre impronunciable de Dios. Eso es su fuerza y su identidad.

Bailes Religiosos

Una peregrinación que es conversión:

Es necesario que esta confesión sea una verdadera escucha, un cambio total del corazón que oriente toda la vida. Para Israel, como para nosotros, una conversión es un cambio total del corazón: “¡Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti, ojalá me escuchases, Israel. No tendrás un dios extraño, no adorarás a un dios extranjero. Yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto. Abre la boca que te la llene. Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer; los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos. Ojalá me escuchase mi pueblo, y caminase Israel por mi camino: en un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios. Los que aborrecen al Señor te adularían, y su suerte quedaría fijada; te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre”. (Salmo 81, 9-17)

“¿Quiere usted hacerme el favor de venir aquí durante quince días?”

Quince días para escuchar al cielo. Quince días son largos para una niña de catorce años, cuando la enfermedad y el hambre la torturan y cuando la mañana de invierno está empapada de la humedad del Gave. Cuántos interrogantes surgieron entre la gente de Lourdes sobre ese encuentro, su duración y su lugar. ¿Qué va a pasar? ¿Quince días para qué? ¿Quince días; y por qué no tres, o cuatro...? ¿Qué idea la de elegir este lugar de miseria y no otro sitio? El único mensaje por el momento es mantenerse. La parte fundamental, aquí y ahora, es saber que fuera del tiempo del encuentro largo, silencioso y profundo, libre de toda preocupación o compromiso, no hay verdadero conocimiento, ni verdadera alegría más que enriquecerse de aquel con quien uno está invitado a encontrarse.

María va más lejos y con más fuerza todavía. “No le prometo la felicidad de este mundo, sino la del otro”. Recuerda a Bernardita que la vida en la tierra es una larga peregrinación. Que esta marcha de los quince días no es más que una “prueba de laboratorio” para aprender la alegría del encuentro con Dios por la oración del corazón, larga y perseverante, por la penitencia, todos los días y todos los años que el Señor le conceda de vida. La invitación consiste en experimentar ya aquí abajo, la alegría de ese otro mundo, entrando desde ahora en ese otro mundo que es el del Evangelio de las Bienaventuranzas. Sin embargo, la plenitud de esa alegría se tendrá solamente en el cielo, en el otro mundo, después de la muerte. Así es la naturaleza humana, creada en el tiempo y con el tiempo para prepararse a una felicidad eterna.

La conversión es respuesta gozosa:

Bernardita responde con convicción a esta invitación de la Señora. Tendrá la alegría de ir a Massabielle todas las mañanas de la quincena, a pesar de las dificultades, las resistencias o los retrasos de las autoridades para impedirle tener ese encuentro diario. Lo que experimenta dentro de sí misma es demasiado fuerte para que se la retenga. La palabra de Jesús manifiesta aquí toda su fuerza por medio de la pureza de un corazón de niña que no sabría mentir: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor” (Juan 15, 9). El Padre ama al Hijo como Predilecto y el Hijo es el Hijo único del Padre. Dios ama a cada uno de nosotros en su Hijo con la misma intensidad de amor y como si fuéramos los únicos en el mundo. Dios mira a cada uno como hijo único.

En la Gruta, Bernardita vive un encuentro único que la hace escaparse, por unos momentos, de este mundo terreno hasta el punto de que, en la Decimoséptima Aparición, la llama de la vela no la quema. Por unos momentos está en ese mundo donde no hay ya nada que haga sufrir, ni lágrimas ni llanto (Apocalipsis 7, 16: “Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono los apacentará y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos”. Apocalipsis 21, 4: “Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: ‘Mira, hago nuevas todas las cosas’”). Solo tiene lugar la felicidad del encuentro y el diálogo amoroso: “Me miraba como una persona mira a otra persona”, dirá. Bernardita ya había experimentado el amor en su familia. En Massabielle experimenta un amor infinito y eterno que no tiene otro parecido en la tierra. Tiene la experiencia vibrante de las palabras de Jesús a través de la mirada, la sonrisa y la ternura, la belleza y la bondad de María: “Como al Padre me ha amado, así los he amado yo” (Juan 15, 9). Pues María está totalmente unida a su Hijo en el amor. Permanecer en este amor, es todo lo que Bernardita aprende de María para vivir su peregrinación en la tierra. Es su total conversión para llegar a la plenitud de esa alegría suprema y divina, en el cielo, después de su muerte. Sí, la conversión es alegría del encuentro y promesa de felicidad.

Orientaciones para meditar y vivir la peregrinación:

* Convertirse, para mí, ¿es señal de una pena, de una alegría, o de alguna otra cosa?

* Recordar todos mis encuentros de luz en mi historia personal.

* ¿Cómo he respondido a esos momentos de gracia, que nada mío o de mi entorno me puede hacer negar?

* ¿Qué inspiración de gracia que me supera, me atrae a Lourdes y me hace ver las cosas de cada día de otra manera?

* ¿Cómo considero mi vida en la tierra: como una peregrinación, como algo debido, como un don...?

* ¿La Biblia es para mí el libro de referencia que ilumina mi vida como la Señora, "Arca de la Alianza", iluminó la vida de Bernardita?

* ¿Cómo voy con la lectura frecuente de la Palabra de Dios, palabra de luz en nuestra vida, lectura sabia y orante?

Luz

LUZ Y VERDAD QUE HACEN LIBRES:

El mal es el escándalo por excelencia, el obstáculo para creer en el amor y en la promesa divina de felicidad. Todo el itinerario de fe de la Biblia es iniciativa de Dios para librar a su pueblo del mal en todas sus formas. Sin embargo la resistencia del hombre a lo largo de la historia es tal que la ofuscación persiste.

Todo lo referente a la fe cristiana expresada en el Catecismo de la Fe Católica está allí, no para explicarlo, sino para abordar el misterio del mal y situarse frente a él. Sólo Jesús es la respuesta a este misterio. Sin embargo, Jesucristo es el misterio que nunca se ha terminado de comprender, misterio que se abre a una perspectiva de felicidad al término de una peregrinación, que es un combate espiritual con Jesús contra el mal.

El sufrimiento de Bernardita:

La muchacha de 14 años que va a la gruta de Massabielle en la mañana del 11 de febrero de 1858 es una niña que sufre. La miseria de su familia que se aloja en el tugurio que es el calabozo, antigua cárcel, cedido a obreros y después a los Soubirous, reducidos a la más extrema pobreza, así como el asma que ahoga su cuerpo, consecuencia de una epidemia de cólera, no hacen de Bernardita una niña privilegiada. La injusticia vinculada a la miseria somete a sus padres a vejaciones. Eso se añade al peso de los días, hecho de pan negro y de frío húmedo. Sin embargo la primera palabra de Bernardita que se recuerda en la historia es: “Cuando Dios lo permite, no tenemos que quejarnos”. La fe en Dios no le permite poner al Señor en el banquillo de los acusados, como hacen muy a menudo nuestras primeras reacciones frente al mal.

Por otra parte, la promesa de la Señora de una felicidad en el otro mundo, no es un bálsamo de consuelo que libre fácilmente del sufrimiento a la niña de Massabielle. Bernardita seguirá con su asma de la que morirá relativamente joven. Al final de su vida exclamará: “Estoy molida como un grano de trigo”. Expresión de una hija de molinero. Las humillaciones y las molestias ocasionadas por todos los testimonios que debe dar sobre las apariciones, serán para ella un verdadero calvario.

En su encuentro de luz con el cielo, Bernardita realizó el drama de la humanidad afectada por el pecado, el suyo y el nuestro. Si las apariciones la abren a la perspectiva de felicidad, a la que estamos destinados desde los primeros momentos de nuestra creación, y Dios no puede conformarse con la desgracia del hombre, aquéllas le dan al mismo tiempo la medida del drama del pecado frente al designio de amor de Dios para la humanidad.

El pecado o la gracia:

“Allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20) exclama San Pablo con gran alegría y pasión por Jesús. La sobreabundancia de la luz para Bernardita, en la oscuridad de la gruta húmeda y oscura, es una buena ilustración. Su propia vida, como la niña más pobre de Lourdes, está iluminada por la gracia que atrae e invita a la peregrinación de la felicidad, al final de un camino de conversión que es combate contra el pecado.

El mal que afecta a la familia Soubirous y todos los males por los que sufrimos no son fruto de nuestro pecado personal. La desobediencia de nuestros primeros padres introdujo la falta de armonía en este mundo y toda clase de guerras, en el hombre como en el cosmos. La serie oscura de los pecados de la humanidad no hace más que añadir caos, desde entonces, a este misterio de iniquidad que avanza desde los primeros tiempos de la historia. Dios no puede querer el mal, y mucho menos crearlo. Por el contrario, es responsable del mundo en el que creó al hombre capaz de amarlo libremente, y en consecuencia, capaz de contrariarle y de hacer el mal. Más aún, Dios es más responsable todavía de este mundo para ayudarle a salir de él. Sin embargo, el que nos creó sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros.

Esa es la invitación de gracia que María dirige a Bernardita para librarla del pecado, y a nosotros con ella, cuando le recuerda el Evangelio: “Conviértanse, porque el Reino de Dios está cerca” (Mateo 4, 17) A la invitación de la Señora, para que le haga el favor de venir durante quince días, va a corresponder una invitación a la oración y a la conversión para librarse del pecado.

El amor sólo es auténtico cuando es verdadero. La luz de Massabielle es auténtica como promesa de felicidad solamente si se conjuga con la verdad sobre la vida de Bernardita y la nuestra. “El amor y la verdad se encuentran, la justicia y la paz se besan” (Salmo 85, 11) Por eso, María habla a Bernardita en verdad del pecado que nos desfigura a todos, y le ofrece ver un mundo sin pecado por medio de lo que Ella es: “La Inmaculada Concepción”. El mayor obstáculo para la felicidad en nuestras vidas, es el pecado. Es el egoísmo de todo tipo, la confusión de la felicidad con el simple placer, o la idolatría del placer buscado por él mismo. Pecado que es también, y sobre todo, el orgullo de querer el bien por sí mismo sin referencia a Dios y a los demás, sin una auténtica preocupación por el bien común como por el bien de cada persona. El pecado nos indica, en este punto, que nos encontramos actualmente en una total confusión que sumerge nuestra vida y nuestra sociedad en un relativismo absoluto. Esto nos lleva a llamar bueno lo que es malo, y malo lo que es bueno, incluso a no distinguir uno de otro.

¿Las Apariciones de Lourdes no son un antídoto para ese siglo XIX, en el que la razón pretende emanciparse de Dios y de la religión? El hombre, heredero del “siglo de las luces”, quiere relacionarse consigo mismo solamente por la razón, sin combinar fe y razón, reconociendo que el hombre no puede ser su propia o su única medida. Estas apariciones, ¿conservan todavía alguna actualidad en este siglo XXI en que seguimos viviendo las consecuencias de esa emancipación liberticida, que declaró filosóficamente la muerte de Dios y de la que Dostoievski vio proféticamente las consecuencias? (Cf Fiodor Dostoïevski, El Adolescente 1875) La violencia de las guerras del siglo XX, el erotismo contemporáneo y la violencia hecha al hombre por leyes contrarias a su verdadera felicidad, porque no respetan una antropología que no depende de él sino del Creador, ¿no es todo eso una llamada a la oración por los pecadores que somos todos, a la conversión de los corazones y de las mentes contemporáneas? Ya que “en realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Vaticano II. Gaudium et Spes 22).

Bernardita Soubirous

Penitencia por los pecadores:

La Virgen María viene a ofrecer a Bernardita los caminos de la conversión. Caminos de un regreso real y profundo a Dios para que la existencia humana encuentre su plenitud dirigiéndose hacia una realización de la cual la Madre de Jesucristo es la imagen y la manifestación a los ojos de la joven lourdesa.

“Rece a Dios por la conversión de los pecadores” dijo la Señora por cuatro veces durante la quincena. Hemos visto que la conversión es un acto de la libertad del hombre junto con una gracia recibida de Dios que atrae al hombre hacia él. (Juan 12, 32 “Y cuando Yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia Mí”.) Rezar por los pecadores es pedir la gracia, para los incrédulos que somos, de abrir nuestro corazón a Dios, dejarle “mojarse en la gracia” según una expresión de Paul Claudel.

En nombre de nuestra misteriosa solidaridad como humanidad, que hace que seamos todos fruto de una relación y de todas las relaciones que tejemos entre nosotros, ya que nadie es una isla, María nos pide rezar unos por otros para que se nos conceda la gracia de la conversión. Bernardita comienza rezando por ella misma. Reza por los demás y al mismo tiempo busca rezar por sí misma. Sus últimas palabras en la tierra fueron: “Santa María, Madre de Dios, ruega para mí, pobre pecadora”, al tiempo que aseguraba que en el cielo no olvidaría a nadie. Bernardita comprendió, gracias a la Santísima Virgen, que la oración es el acto más fuerte de la vida humana. Acto que es la expresión de la conversión, misteriosa transformación del corazón de la persona para pertenecer a Dios. La oración es un don del Espíritu Santo que no tiene otro objetivo que contemplar el misterio de Cristo y de hacernos entrar en Él para hacernos semejantes al Señor. San Luis María Grignon de Montfort recorría a pie los kilómetros de sus lugares de misión, rezando el rosario por la conversión de las almas a las que iba a predicar. ¿Qué pasa, por otra parte, con todos estos enfermos que, en Lourdes y por todo el mundo, unidos a todos los consagrados, ofrecen su vida y sus oraciones por la conversión de los pecadores y por la santificación de los sacerdotes? ¿No son ellos los que obtienen esa vuelta a Dios de la que los sacerdotes son testigos en el confesonario? La conversión es oración y solidaridad en la dependencia filial de la gracia. La oración es un don más fuerte que el pecado y que la dureza de nuestros corazones orgullosos.

“Bese el suelo en señal de penitencia por los pecadores” le pide la Señora el 24 de febrero, en la Octava Aparición. Nuestro corazón y nuestro cuerpo son uno, y lo que actúa en uno se refleja en el otro. Inclinar la cabeza hacia el suelo es rebajar nuestra inteligencia orgullosa que quiere tener siempre razón y que se encierra en sus razones para tener razón.

Es humilde el gesto de San Juan María Vianney que, cuando llegó a su parroquia de Ars, besó la tierra que le habían encargado evangelizar; gesto repetido por el Beato Juan Pablo II a su llegada a cada tierra que visitaba pastoralmente. Humildad del que quiere ofrecer la Palabra de luz y de verdad, no con el orgullo frío y rígido que aplasta desde lo alto de su razón o su conocimiento, sino con una ofrenda semejante al gesto de amor y de ternura ofrecido con confianza a aquél a quien se ama.

Cuántas guerras se dan entre nosotros en nombre de la justicia. Cuántos “gulag” generados por nuestro encierro en lo que consideramos “nuestra justicia” o nuestras razones para tener razón. Jesús no cedió nada en lo referente a la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza de las armas o por la fuerza del razonamiento: “El sumo sacerdote interrogó a Jesús... -‘Yo he hablado abiertamente al mundo, yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los Judíos y no he dicho nada a escondidas. ... Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho’. Apenas dijo esto, uno de los guardias,... le dio una bofetada a Jesús diciendo: ‘¿Así contestas al sumo sacerdote?’ Jesús le respondió: ‘Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?’” (Juan 18, 19-23) La conversión es humildad en la verdad y el amor.


Recreación Apariciones

“¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!” repite la Señora por cuatro veces. Volverse hacia Dios, orientar su vida de manera radicalmente nueva supone necesariamente un esfuerzo. Pasa como con los falsos pliegues de una prenda de vestir. Cuando se trata de hacerlos desaparecer para que la prenda recupere su belleza y su presentación, se necesitan esfuerzo e ingeniosidad perseverantes. El pecado, el rechazo de la obediencia y la dependencia del Señor y de su Ley de amor, crearon en nosotros los falsos pliegues de las prácticas viciosas o simplemente pecaminosas. Decimos de buen grado: “Es que yo soy así”, como si ya no se pudiera hacer nada. Habría que precisar: soy así, porque a eso he llegado por mis pecados, mis malas costumbres, por mi falta de formación o mis decisiones desacertadas.

Desprenderse de lo que el placer egoísta ha creado en nosotros como una práctica, supone un esfuerzo y una molestia a lo que no nos prestamos de buen grado. Como el que ha sido operado, que sufre para hacer trabajar sus músculos después de meses de inactividad, o como el deportista que debe entrenarse mucho para adquirir la flexibilidad necesaria para su deporte, el hombre pecador deberá esforzarse para que los movimientos de su corazón funcionen en un sentido opuesto a los hábitos adquiridos para satisfacer egoístamente sus pasiones y sus deseos, incluso los más legítimos.

María pide a Bernardita realizar tres gestos de penitencia: besar el suelo, ir a beber y a lavarse en la fuente y comer hierbas. No importa tanto la materialidad de los gestos como su sentido para aplicarse a practicar en nuestra vida los ejercicios necesarios, que nos despeguen de lo que nos desvía de Dios y del verdadero sentido de nuestra vida. Bernardita, sabiéndose susceptible, dice: “El primer movimiento no nos pertenece; el segundo, sí”. Habiendo obrado mal, decide dejar de hacerlo, recogerse en oración, pedir perdón y corregirse con una buena acción. Si tiene que sufrir algo por ello, será simplemente para corregirse y adquirir un mayor bien: la libertad de amar sin obstáculo alguno, ni espiritual, ni corporal, como dice una oración del Misal Romano.

La conversión es una práctica que puede despegarnos de lo que desorienta nuestra vida.

“Vaya a beber y a lavarse en la fuente”. Acudir a Juan Bautista, en el Jordán, para recibir el bautismo de conversión, era ya renunciar a sí mismo para entregarse a otro y recibir la gracia de la transformación del corazón. Cuando Bernardita descubre la fuente y se lava, estando el agua todavía embarrada, hace un acto de obediencia a la Señora. Se somete a alguien mayor que ella. Se deja guiar por el camino de su conversión. Con ese humilde gesto, reconoce también que tiene que recibir la purificación de alguien por encima y por fuera de ella. Por la repugnancia de este gesto muestra su desprendimiento de lo que nos lleva a buscar más espontáneamente nuestra comodidad, que el esfuerzo de superarnos a nosotros mismos.

Ir a Lourdes, beber en la fuente y lavarse la cara o dejarse sumergir en las piscinas, no es un gesto mágico. Es la entrega de sí mismo a Aquel a quien representa esta fuente. Es aceptar la necesidad de purificación. Es reconocer que, sin la fuente que es Cristo, mi vida está vacía, que la conversión que orientará toda mi existencia hacia la suya, es imposible sin El. “El que permanece en Mí y Yo en él, ese da fruto abundante; porque sin Mí no pueden hacer nada” (Juan 15, 5).

La conversión es entrega de sí mismo a nuestro Creador y Redentor, la fuente de nuestra vida.

“Coma de aquellas hierbas que hay allí”. Gesto sorprendente... Sin embargo, la niña lo realiza con sencillez de corazón, una sola vez, frente a mucha gente.

El Cordero pascual cargó con las hierbas amargas de nuestras vidas. La cena del Cordero pascual, como memorial del Éxodo, se preparaba con hierbas amargas, símbolo de la amargura de los años de esclavitud del pueblo de Israel en Egipto. (Éxodo 12, 8) El Dios del Éxodo concede a los suyos salir de la esclavitud. La peor esclavitud es el pecado que nos aleja de Dios y del amor verdadero. Jesús, nuevo Moisés, nos libera de la esclavitud del pecado. Él es el único que puede cargar con los pecados del mundo. Él es el Cordero pascual que cura al hombre de su pecado. Bernardita, al comer aquellas hierbas, que aunque amargas no las rechaza, manifiesta su voluntad de unirse a Cristo, Cordero pascual inmolado por nuestros pecados. Manifiesta su voluntad de salir del pecado por la conversión que es la unión a Cristo. Acepta también asumir las amarguras de su vida unida a Cristo. “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Colosenses 1, 24) Bernardita no amaba el sufrimiento, sino a Jesús crucificado.

La conversión es la opción valerosa de llevar con Jesús y unidos a Él lo que oprimey desfigura nuestra vida.

Orientaciones para meditar y vivir la peregrinación:

* Tomarse un tiempo para considerar las llamadas de Dios para cambiar algo en nuestra vida, llamadas que he podido dejar pasar, ignorar o simplemente olvidar.

* ¿Qué hay en mi vida que no ha sido tocado por el Evangelio: en mi inteligencia, en mi vida afectiva, social, profesional, etc...?

* ¿A qué me resisto para avanzar en la verdadera libertad? ¿Soy dependiente, por no decir esclavo, de las modas de pensamiento o de acción del ambiente, de la época, de lo políticamente correcto, para ser como todo el mundo?

* ¿Qué costumbres de la vida me acaparan en detrimento de otras realidades esenciales de mi vida de cada día?

* ¿Qué rigideces manifiesto en mis reacciones habituales o espontáneas? ¿No son señal de una llamada a transformar algunas dimensiones de mi existencia?

* ¿En qué y por qué me resisto a abrirme a una amistad competente (sacerdote, padres, educadores, personas de oración, u otros) para ver más claro en mi vida?

* ¿Cómo me apropio la experiencia de Bernardita? ¿A qué signos concretos de penitencia me resisto? ¿A qué gesto me invita el Señor?

* La perseverancia en la oración es una enseñanza de Jesús que María nos recuerda en Lourdes. ¿Cómo va mi vida de oración real y regular? ¿Rezo por mi conversión y la de los que me rodean?

Eucaristía

LA FUENTE DE LOS SACRAMENTOS, CAMINO DE CONVERSIÓN:

“Vaya a la fuente...” Esta llamada de María tiene lugar un jueves, en el Noveno Encuentro, en el medio de las apariciones. Todos los momentos clave de las apariciones tienen lugar un jueves. El jueves 25 de marzo, en la Decimosexta Aparición, María dice su nombre: “Yo soy la Inmaculada Concepción”, nombre que expresa en su persona una vida completamente eucarística. El jueves es el día de la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio Ministerial. La Eucaristía está en el centro de la liturgia de la Iglesia. El Concilio Vaticano II dice que es “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia, y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor”. (Sacrosanctum Concilium 10) Bernardita hizo su Primera Comunión el 3 de junio de 1858, jueves del Corpus Christi, durante el período de las Apariciones.

Sacramentos, peregrinación y conversión:

Cuando María invita a ir a la fuente, envía naturalmente a la fuente de los sacramentos de la que la fuente de Massabielle no es más que un signo. Por el bautismo y la confirmación somos incorporados a Cristo y nos convertimos en miembros de su Cuerpo. Por la Eucaristía nos alimentamos con su Cuerpo para vivir como miembros de su Iglesia. Perdonados por el sacramento de la reconciliación recuperamos la plenitud de nuestra comunión bautismal. Ungidos por la unción de enfermos nos unimos a Jesús que sufre por nosotros, y colaboramos en su obra de redención. Casados en Jesús, los esposos cristianos son signo eficaz, no sólo para ellos mismos y sus hijos sino también para el mundo, de la unión del Cristo con la humanidad entera. Ordenados para el servicio de los bautizados, los Ministros de la Iglesia están al servicio del cuerpo para su crecimiento y orientación hacia la plenitud de Cristo en la asamblea de los hijos de Dios dispersos.

La coherencia y la lógica de los sacramentos, que puede muy bien llamarse lógica de amor, son la manifestación visible y eficaz de la unidad de Cristo que se entrega por amor a la multitud. Son los gestos de amor del mismo Cristo que edifica su Iglesia para la salvación del mundo. Don de Jesús que es el Misterio (sacramento), “en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora...” (Romanos 16, 24-25)

En el silencio de la Gruta, María descubre todo el misterio de amor que es su Hijo, la fuente de la vida de la Iglesia, entregada por medio de los sacramentos. De esta manera la conversión es alegría de comunión con Jesús por los sacramentos. Ir a la fuente significa una conversión de nuestro ser, una renuncia profunda a nosotros mismos, para un acercamiento radical y profundo a la fuente de nuestra vida cristiana. (Lucas 5, 4: “Jesús dijo a Simón: rema mar adentro y echa las redes para pescar”) Se trata de sumergirse decididamente en la vida trinitaria que ofrecen los sacramentos, con el fin de sacar la savia de nuestra vida cristiana y de devolver el ciento por uno de los dones recibidos de Dios. (Lucas 8, 8: “Salió el sembrador a sembrar su semilla... El resto cayó en tierra buena y, al crecer, dio fruto al ciento por uno”).

En Lourdes, los únicos sacramentos celebrados son la Eucaristía, el sacramento del perdón y la unción de enfermos: el sacramento que alimenta la vida bautismal durante su peregrinación en la tierra, y los sacramentos que la curan. Los otros sacramentos son propios de la vida eclesial diocesana y parroquial. Esto manifiesta claramente que la cumbre de una peregrinación es la conversión, la conversión que nos hace estar de nuevo con Jesús en la vida cristiana sacramental ordinaria y en la vida diaria de responsabilidades y compromisos, que se derivan de esta vida sacramental. La conversión personal es auténtica si nos hace volver a la Iglesia. Se viene en peregrinación para ir a la fuente de su vida, para volverse de verdad hacia esa fuente. Se viene en peregrinación para vivir una experiencia de conversión.

Bernardita acababa de encontrarse con la Señora cuando va a la iglesia parroquial a confesarse y a pedir consejo. Su conversión la envía espontáneamente a la Iglesia, a sus Ministros y a sus sacramentos. De hecho, se marchó de Bartrès, al comienzo del año 1858, porque en Lourdes había sacerdotes con quienes podría hacer su Primera Comunión. A su regreso, su padre le explica que, en Lourdes, no tienen mucho para darle de comer. Ella responde que prefiere el hambre del cuerpo a la del alma. Igualmente uno de los primeros signos que interpelará a los sacerdotes de Lourdes en cuanto a la autenticidad de las apariciones de la Gruta, es el viento de oración y de confesiones que sopló en la parroquia en aquel tiempo de Cuaresma.

Peregrinación, conversión y Palabra de Dios:

Toda celebración sacramental es fruto de un anuncio de la Palabra de Dios, de una escucha atenta de esa Palabra en toda su amplitud y su profundidad. Por tanto ir a la fuente es también, y quizás en primer lugar, escuchar la Palabra de Dios. Es hacer todo lo necesario para que los peregrinos oigan esta Palabra, la aprecien y le tomen gusto.

María es el Arca de la Alianza, según el título que se le da en las letanías del rosario. En el Arca se guardaban las Tablas de la ley (Éxodo 25, 16 “Dentro del Arca guardarás el Testimonio que te daré”). María lleva al Verbo de Dios no solamente porque lo dio a luz para esta tierra, sino también porque fue la más fiel discípula. “Dichosa Tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lucas 1, 45) exclamó Isabel. “Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lucas 8,21). Jesús no podía hacer un cumplido mejor a su Madre como eco del de Isabel.

“Todos los que aman al Señor... y... aman a su prójimo como a sí mismos... y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo y... dan dignos frutos de penitencia,... el espíritu del Señor reposará sobre ellos y hará en ellos su habitación y su morada; y son los hijos del Padre celestial cuyas obras realizan, y son los esposos, los hermanos y las madres de nuestro Señor Jesucristo. Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel está unida a nuestro Señor Jesucristo. Somos sus hermanos cuando hacemos la voluntad del Padre que está a los cielos; somos madres cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo, por el amor divino, y por una conciencia pura y sincera, y cuando lo damos a luz por nuestras obras santas que deben brillar como ejemplo para los demás” (San Francisco de Asís. Carta a todos los fieles. 1-9).

Bernardita leía, como en una “Biblia abierta”, en María, Arca de la Palabra. De esta manera, María le mostró la fuente que es su Hijo, en su persona transfigurada por la Palabra hecha carne en ella. Toda iluminada por su Hijo, el Verbo de Dios, María indica la fuente. Ésta es signo de los sacramentos, por los cuales la Palabra y la gracia de Jesús vienen a darnos de beber la vida divina y a transfigurarnos.

La conversión es transformación de toda la vida por la escucha de la Palabra, a la que se obedece, y por la vida sacramental para ser uno con Jesús.

“Los instituyó para que estuvieran con Él” (Marcos 3, 14). La Iglesia ha nacido para estar con Jesús y para ser Jesús para el mundo. Esto no se puede hacer sin una frecuentación asidua de la Palabra de Dios y una participación consciente y fructuosa en los sacramentos. Los primeros cristianos “perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hechos 2, 42).

Podremos responder a nuestra vocación cristiana si tenemos la alegría de la conversión a Jesús y si permanecemos estrechamente unidos a él según el camino del Evangelio, como la Virgen María, la Inmaculada, nos ha recordado y enseñado en Lourdes.

Orientaciones para meditar y vivir la peregrinación:

* ¿Cómo es mi práctica de los sacramentos? ¿Costumbre, rutina o búsqueda apasionada de Dios?

* ¿Qué preparación procuro hacer cuando voy a celebrar la misa o el sacramento del perdón?

* ¿Qué medios empleo para leer la Biblia y formarme con una lectura provechosa de la misma?

* ¿Me preocupo por conocer de verdad las enseñanzas de la Iglesia, entre ellas el Catecismo de la Iglesia Católica, sin olvidar la Doctrina social de la Iglesia? ¿Me contento acaso con el catecismo aprendido en mi infancia?

* Mi vida como miembro de la Iglesia, ¿es una búsqueda ardorosa para conocer y vivir la alegría de estar con Jesús?

* ¿Estoy decidido a vivir de verdad el Evangelio como fuente y cumbre de mi vida, o simplemente quisiera «probar»?

* ¿Me intereso y preocupo por los sacerdotes que nos son enviados? ¿Rezo por ellos y por las vocaciones sacerdotales?

* ¿Siento la necesidad de vivir mi fe con otros: parroquia, diócesis, movimiento, compromiso social y político?

Iglesia en Misión

CONCLUSIÓN: LA ALEGRÍA DE LA CONVERSIÓN ES MISIÓN.

“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos, y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida; pues la Vida se hizo visible y nosotros la hemos visto, les damos testimonio y les anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído les anunciamos, para que estén en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les ecribimos esto, para que nuestro gozo sea completo” (1 Juan 1, 1-4).

¿Se puede encontrar un texto más bello que el del prólogo de la primera carta de San Juan para expresar el vínculo profundo entre la alegría de la conversión y la misión? La verdadera alegría es comunicativa. La alegría del encuentro con el Verbo de Dios hecho carne, alegría de los apóstoles y de los discípulos, alegría de Bernardita y alegría de todos los santos de la historia, encuentra su plenitud en la misión, para que todos los hombres puedan gozar de esta alegría divina, imperecedera e inefable. Así es precisamente puesto que la naturaleza de esta alegría es hacernos conocer que Dios nos ama a cada uno como únicos, hasta el punto de desechar los celos de nuestro corazón. Nuestra alegría, por tanto, sólo puede ser completa si todos los hombres realizan este único amor que les viene de Dios en Jesucristo.

“Vaya a decir a los sacerdotes que se construya aquí una capilla y que se venga en procesión” encarga la Señora a Bernardita el martes 2 de marzo, hacia el final de la quincena. Naturalmente, Bernardita se dirige a su párroco, el P. Peyramale, para transmitirle la petición de la Señora. Ella no conoce más que a él y a sus vicarios. Pero la naturaleza de esa petición sobrepasa la Parroquia de Lourdes. “Los sacerdotes”... Detrás de esta expresión de María está la llamada dirigida a todos los ministros ordenados y, por medio de ellos, la llamada a la multitud de hombres y mujeres de todos los continentes para venir a experimentar la alegría de la conversión, que está sumergida en la fuente de la vida trinitaria, vida divina, cuya manifestación es la Iglesia.

“Yo soy la Inmaculada Concepción”... El nombre de la Señora indica el motivo de esa alegría, plenamente realizada en la Madre de Jesús, la primera entre nosotros, la primera en camino: la transfiguración de nuestras vidas por el Verbo de Dios. Ese nombre, que Bernardita retiene difícilmente para comunicarlo a su párroco y para cumplir su misión, expresa, como hemos visto, la meta de toda vida humana que es responder al designio de amor de Dios hacia nosotros. Desde la creación del mundo, nos predestinó para ser “santos e inmaculados en su presencia” (Efesios 1, 4), como la Virgen María.

Si nadie nos lo manifiesta y viene a anunciárnoslo, ¿cómo podremos acceder a esta alegría? Bernardita cumple su misión con las autoridades de su parroquia, con su familia y con su ciudad. Seguirá dando testimonio de las apariciones y soportará las humillaciones que le proporcionarán las alabanzas y las adulaciones a causa de eso. Sin embargo, seguirá experimentando la alegría de los encuentros vividos en la Gruta en aquel invierno de 1858 para tratar de convertirse al Evangelio de todo corazón. Es la Buena Noticia de Jesucristo que entregó su vida por nosotros para conducirnos a todos y cada uno, a ejemplo de María y con ella, a nuestra morada en la casa del Padre. (Juan 14, 2: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas”).

Terminado su testimonio, Bernardita dirá: “Lo que me importa, ya no me importa más”. Las Apariciones no son su propiedad.Las ha entregado a la Iglesia para la conversión y la alegría de todos. Como buena y auténtica mensajera se oculta para dejar que la Iglesia, por medio de sus Ministros y de los fieles seglares, continúe, guiada por el Espíritu Santo y en la escuela de María, la misión de anunciar a todos los hombres la gracia de la conversión.

Artículo de reflexión creado por el Padre Jean-Dominique Dubois, ofm, capellán del Santuario de Lourdes Francia.

Fuente: Santuario de Lourdes Francia.

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