SANTUARIO Y PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

Gruta y Basílica. Quinta Normal, Santiago de Chile.


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LOURDES, LA ALEGRÍA DE LA MISIÓN

Tema Pastoral Lourdes 2015

Lourdes

Presentamos el tema pastoral del año 2015 para los peregrinos que concurren a los Santuarios de Nuestra Señora de Lourdes: “Lourdes, la alegría de la misión”. El texto propuesto, desde Lourdes Francia, no es una reflexión sobre la misión como tal, sino una invitación a convertirse en discípulo-misionero, como nos ha pedido el Papa Francisco en su exhortación apostólica “La alegría del Evangelio”.


REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DE SAN MATEO CAP. 28, 16-20.

“Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y sepan que Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28, 16-20)


Una aparente contradicción:

“Vaya a decir a los sacerdotes que se construya aquí una capilla y que se venga en procesión”. Así se expresaba Nuestra Señora ante Bernardita el 2 de marzo de 1858. El Padre Sempé, primer rector del Santuario y los capellanes respondieron a esta petición al pie de la letra y así es como nacieron la Cripta y las basílicas de la Inmaculada Concepción, del Rosario y de San Pío X. Sin embargo esta petición encierra una aparente contradicción. Y digo, claro está, “aparente”. De hecho, supone la construcción de una capilla cerca del pueblo de Lourdes, cuando ya existía en el pueblo (y sigue existiendo hoy) la Iglesia parroquial de Lourdes. Entonces ¿Por qué dos capillas?

A la luz del Evangelio encontraremos una respuesta a esta “aparente contradicción”. Pero, ante todo, quisiera dejar bien claro que Nuestra Señora no pretende oponer “dos iglesias”, la parroquial y la del Santuario. Por el contrario, se trata de la misma y única Iglesia. Sabemos por el Evangelio que Jesús vino a proclamar la presencia del Reino de Dios entre los hombres y que lo hizo con su Palabra y sus gestos de misericordia y de curación, pero sobre todo, con la entrega de su propia vida en la cruz.

Este anuncio de la Buena Noticia se haría sobre todo en un lugar preciso de Palestina, Galilea, llamada “Galilea de los gentiles”. (Mateo 4, 15), probablemente a causa de su población cosmopolita. Ciertamente, Galilea era una “periferia”. Geográfica y culturalmente el centro religioso y el poder político no pasaban por allí. En este lugar es donde Jesús resucitado convocará a sus discípulos. “Vayan a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. (Mateo 28, 10). Esta predilección del Señor por Galilea significa especialmente su opción por los pobres y por todos los hombres. El Reino de Dios no es solamente para una élite sino también para “todas las naciones”: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos”. (Mateo 28, 19)

San Pablo, primero, y después toda la Iglesia, entenderán fácilmente este mandamiento del Señor y, de esa manera, el Evangelio crecerá en toda su dimensión misionera. Ahí encontramos la explicación de esa “aparente contradicción” en la petición de María de construir una Iglesia cerca del pueblo de Lourdes. Es una manera muy pedagógica de recordarnos que la Iglesia no está llamada a ocupar el centro de nuestra sociedad sino que está invitada a un constante desplazamiento hacia la periferia. La Iglesia, siempre misionera, siempre servidora, siempre comprometida con todos los hombres, siempre enviada.

“Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo”. (Papa Francisco: “La alegría del Evangelio” n.49). El Señor no quiere que el Evangelio esté encerrado dentro de las murallas de Jerusalén, hace falta una actividad misionera. Nuestra Señora no cita a Bernardita en la iglesia parroquial, sino en Massabielle. Entonces, ¿cuál es esta Iglesia?

“Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban” (Mateo 28, 17):

El Evangelio nos lo dice: “se postraron... vacilaban”; lo mismo pasa en nuestros días. La Buena Noticia, el mensaje de la Resurrección son atractivos y, al mismo tiempo, en nuestro espíritu se insinúa la duda. Sí, estamos dispuestos a postrarnos y adorar al Señor y, al mismo tiempo, a dudar de su presencia. ¡Cuántas veces nos ha sucedido esto! La gracia y el pecado, lo divino y lo humano y nuestra vida oscilan, diría yo, entre la fe y la duda. La fe que necesita la duda y la duda que necesita la fe, sencillamente para no acaparar a Cristo. Y dentro de este duro combate espiritual, signo de una buena salud espiritual, se desarrolla la vida del cristiano.

Avanzamos entre estas sombras y estas luces. Pero el Señor nos dice: ”Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mateo 28, 20). La Biblia muestra constantemente que, cuando Dios creó el mundo con su Palabra, expresó su satisfacción diciendo que era “bueno” (Génesis 1, 21) y cuando creó al ser humano con el aliento de su boca, hombre y mujer, dijo que “era muy bueno”. El mundo creado por Dios es bello. Nosotros procedemos de un designio divino de sabiduría y de amor. Pero, a causa del pecado, esta belleza original fue manchada y herida. Dios, por Nuestro Señor Jesucristo, en su misterio pascual creó de nuevo al hombre haciéndolo hijo suyo y le aseguró un cielo nuevo y una tierra nueva. (Apocalipsis 21, 1). Llevamos en nosotros la imagen del primer Adán, pero estamos también llamados, desde el principio, a realizar la imagen de Jesucristo, el nuevo Adán (1 Corintios 15, 45). La creación lleva la marca del creador y desea ser liberada y “entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios”. (Romanos 8, 21).

Ahora bien, ¿qué Iglesia es esta, enviada a anunciar la Buena Noticia? Es una Iglesia humana y divina, rica por el amor y la misericordia de Dios, compuesta por hombres que son santos porque, por la gracia del Bautismo, pertenecen a Cristo y, al mismo tiempo, son pecadores.

Misión

“Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado”. (Mateo 28, 19-20)

En este envío misionero, el Señor nos propone tres pasos.

1. Misioneros convencidos y convincentes.

Primero nos dice: “Hagan discípulos”, y somos nosotros los que debemos hacer discípulos, no Él. Eso es lo que nos ha confiado. Aunque la misión no nos pertenece, se nos ha confiado como un don y como una gracia.

Es una alegría habernos encontrado con el Señor y haber sido enviados por Él, para llevar el tesoro del Evangelio. Ser cristiano no es una carga, sino un don: Dios Padre les ha bendecido en Jesucristo, su Hijo, Salvador del mundo.

Es una alegría habernos encontrado con el Señor y ser sus discípulos y misioneros. La alegría del discípulo es un antídoto frente a un mundo que tiene miedo del futuro y que está agotado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta, sino una certeza que nace de la fe, que tranquiliza el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús, es el mejor regalo que puede recibir una persona. Encontrarse con Él, es lo mejor que nos puede pasar en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y nuestra vida, es nuestra obligación de cristianos.

¿Por qué soy cristiano? Ante todo porque alguien ha dado testimonio de la presencia del Señor en su vida y este testimonio me ha afectado. Ese “alguien” me remite a personas de mi entorno, mi padre, mi madre, un amigo, un sacerdote, un catequista… La fecundidad de nuestra vida no tiene solamente un sentido biológico, tiene también un sentido espiritual. “Hagan discípulos” es una llamada a la fecundidad. Bernardita “hizo” muchos discípulos. ¿Dónde están? Somos nosotros, peregrinos de Lourdes. Este Santuario existe por la voluntad de Nuestra Señora y gracias al testimonio de Bernardita.

¿Qué transmite María, la Madre de Dios, a Bernardita, aquí en Lourdes? Con sus palabras y sus gestos, da testimonio de su propia experiencia como discípula de su Hijo Jesucristo, de su vida cristiana. ¿Qué nos transmite Bernardita? ¿Cuál es su testimonio? Bernardita revela su encuentro personal con la Madre de Dios. Este encuentro anuncia otro, el encuentro con Cristo.

En conclusión, el encuentro entre María y Bernardita nos hace descubrir la persona de Cristo. En el centro de una peregrinación, impregnada por la Palabra de Dios, por la oración y la caridad, descubrimos la presencia de Cristo en medio de nosotros. De esta manera nos convertimos en discípulos unos de otros: “Cuando dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos”. (Mateo 18, 20).

Esta primera dimensión misionera y comunitaria de la peregrinación es muy importante. Significa que los testimonios de unos y de otros, el encuentro entre los peregrinos, la oración, el anuncio de la Palabra, la celebración de los sacramentos y los gestos concretos de caridad, son tiempos fuertes de evangelización y de transmisión de la fe.

2. Una vida espiritual.

El segundo paso es el Bautismo: “Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. El que pertenece a Cristo está implicado, por el Bautismo, en la vida del Dios trinitario. Ya no pertenece a los hombres, sino sólo a Dios, que lo recibe en la comunidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En Dios, tiene el hombre la experiencia de su verdadera dignidad, la de hijo de Dios: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. (Concilio Vaticano II. Gaudium et Spes, 22)

Se podría definir este segundo paso del discípulo-misionero como el paso místico o espiritual de nuestra vida. No porque vayamos a tener apariciones o contemplaciones extraordinarias. Sino sencillamente porque tenemos más que aportar a nuestra sociedad, nuestra espiritualidad cristiana.

“Cuando se dice que algo tiene ‘espíritu’, esto suele indicar unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria. Una evangelización con espíritu es muy diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos. ¡Cómo quisiera encontrar palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa! Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora. Antes de proponeros algunas motivaciones y sugerencias espirituales, invoco una vez más al Espíritu Santo; le ruego que venga a renovar, a sacudir, a impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí para evangelizar a todos los pueblos”. (Papa Francisco, “La alegría del Evangelio” n. 261)

“Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón. Esas propuestas parciales y desintegradoras solo llegan a grupos reducidos y no tienen fuerza de amplia penetración, porque mutilan el Evangelio. Siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía. Al mismo tiempo, se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación. Existe el riesgo de que algunos momentos de oración se conviertan en excusa para no entregar la vida en la misión, porque la privatización del estilo de vida puede llevar a los cristianos a refugiarse en alguna falsa espiritualidad”. (Papa Francisco, “La alegría del Evangelio” n. 262)

3. Una vida coherente.

El tercer paso que el Señor espera del discípulo-misionero consiste en guardar los mandamientos: “Enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado”. Esta es la dimensión ética de nuestra vida  en las opciones que hacemos, en la manera de situarnos en nuestra sociedad, en relación con la paz, la justicia, la fraternidad, el concepto de la vida, la caridad. Nuestras opciones éticas que tienen su fuente en el Evangelio, son yauna actividad misionera que nuestro mundo necesita.

Sabemos que la evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que, en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre”. (Papa Pablo VI, “Evangelii Nuntiandi” 29)

No basta hacer la experiencia de Dios, de sentirse cerca de Él, de sentir la presencia salvadora, de estar en Él. La Fe pide que sigamos todos los mandamientos que Jesús nos ha dado y que, al mismo tiempo, la transmitamos a otros. El Señor no solo nos ha mostrado el Dios misericordioso a quien rezamos con toda confianza y con quien nos sentimos seguros, que nos ha constituido como Iglesia y que ha dado a su Iglesia la asistencia del Espíritu Santo. Por esta enseñanza de la Iglesia, actualmente, el Señor nos invita a conformar nuestra vida con la Palabra de Jesús y así dar testimonio de su mensaje, que ofrece al hombre nuevas posibilidades.

El Papa Francisco nos invita a anunciar la Buena Noticia en las “periferias existenciales” y la primera “periferia” está en nuestra vida. Todavía hay zonas en nuestro pensamiento personal, en nuestra afectividad, en nuestra actuación, en nuestro espíritu, en nuestra voluntad, que no han sido iluminadas por la luz del Evangelio. Hay zonas en nuestra maternidad o paternidad, en nuestro ministerio de sacerdotes, en nuestra vida consagrada, en nuestra vida de estudiantes, en nuestro compromiso profesional, hospitalario… que no han sido tocadas por la gracia de la Buena Noticia. ¡Que cada uno de nosotros sea el primer misionero de su propia vida!

“Rece a Dios por la conversión de los pecadores”. Esta invitación de la Señora, la recibirá Bernardita como una misión, quizás como la misión por excelencia de toda su vida: “¡Santa María, ruega por mí, pobre pecadora!” Pide por ella misma y pide por los demás…

“Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe -que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra”. (Papa Francisco, “La alegría del Evangelio” n. 183)

La alegría de la misión

COMPARTIR EXPERIENCIAS:

Irradiación de Lourdes sobre algunas cuestiones actuales. Testimonio personal. “Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño”. (Papa Francisco, “La alegría del Evangelio” n. 288)

¿Puede tener algún sentido hablar de la repercusión misionera del mensaje de Lourdes hoy día, ciento cincuenta y siete años después de los acontecimientos, un largo período durante el cual el mundo ha cambiado totalmente? Quizás sería posible actualizar los acontecimientos de otro modo. Pero las realidades de Dios suceden de otra manera. Como veremos más adelante, no es un problema actualizar el mensaje que María confió a Bernardita Soubirous. Esto se debe sobre todo a la similitud del mensaje con el Evangelio. Sabemos bien que el Evangelio es válido para todas las épocas.

El mensaje de Lourdes es una gracia; como tal es recibido y es vivido. “La gracia de Dios es multiforme” (1 Pedro 4, 10) y por consiguiente se expresa de diversas maneras. Por tanto, no se puede reducir el mensaje a un solo aspecto, aunque sea importante. Para unos, Lourdes es los milagros; para otros, los enfermos; para muchos
otros, los jóvenes, las procesiones, la Hospitalidad o las peregrinaciones. La lista podría prolongarse. Lourdes es ciertamente eso, pero no solo eso. Porque como toda gracia, es una realidad viva que se nos da para iluminar nuestra vida, para ayudarnos a alcanzar la plenitud, es decir, la felicidad.

Puesto que el mensaje de Lourdes es una gracia, no puede estar encerrada; siempre tratará de desbordar y, como toda gracia, es misionera. A la luz de esta gracia, quisiera compartir con ustedes tres experiencias personales, misioneras, que se refieren a algunos aspectos de la actualidad: el matrimonio, el compromiso de los
seglares y la pobreza.

Una pequeña advertencia: hay que tener en cuenta que los hechos que voy a exponerles son fruto de una experiencia pastoral personal con familias y jóvenes universitarios que quieren vivir la espiritualidad que brota del mensaje de Lourdes. Esas personas forman parte actualmente de una familia espiritual que llamamos “la familia lurdista”. De esta manera podremos recibir el eco de muchos seglares, hombres y mujeres, que habitan en mi ciudad natal, Tucumán, al pie de los Andes, en el Norte de Argentina, que tratan de vivir, como nos dice Bernardita: “Hago todos los días mi peregrinación a la Gruta”.

El hilo conductor de estos pensamientos será el hecho de que la gracia, que supone la naturaleza sin destruirla ni ignorarla, implica la posibilidad de pasar de una realidad a otra, de un mundo a otro mundo, como María lo prometió a Bernardita. Estas experiencias son como el eco de la invitación, que nos hacía el Papa san Juan Pablo II, de “pasar de la devoción a María a la vida con María”.

Son también como una respuesta a la invitación dirigida por el Papa Benedicto XVI a los cristianos latinoamericanos: “Les invito a no ser ya más el continente de la esperanza sino a convertiros en el Continente del Amor”.

Matrimonio

El matrimonio, la pareja.

Un día, una señora me confió haber descubierto que era muy desdichada en su matrimonio. Le pregunté, un poco ingenuamente, qué era lo que había pasado. Me respondió: “Ante todo, vi todo lo que era positivo en nuestra relación; después he descubierto todo lo que era negativo: retroceso de la pareja, la imposibilidad de expansionarnos”. Cuando esta señora se casó confiaba en que su marido colaboraría en la felicidad de los dos y él le había asegurado todo: el trabajo, el dinero, el éxito.

El problema consistía en el hecho de que el amor, habiéndose separado de su fuente primordial que es el encuentro con el otro, por el que uno se identifica con alguien, ese amor llegaba a su fin. Por consiguiente, el proceso no se dirigía hacia la libertad o la realización sino que avanzaba inexorablemente como un mal.

El evangelista san Marcos nos dice: “Mientras subía a la montaña, Jesús fue llamando a los que quiso y se fueron con Él. A doce los hizo sus compañeros para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios. Así constituyó el grupo de los doce”. (Marcos 3, 13-16) En esta narración hay tres momentos: en primer lugar, Jesús llama a sus discípulos para que estén con Él. En segundo lugar, se descubre la realidad del pecado y de la redención, síntesis de la expresión: “Los envió a predicar y a expulsar demonios”. El tercer momento es el tiempo de la fecundidad y de la comunión: Jesús constituyó el grupo de los Doce, la comunidad.

¿Por qué Jesús, al principio llama a sus discípulos, no para trabajar o hacer algo, sino sencillamente para que “estén con Él”? La respuesta es fácil: porque la mayor felicidad de toda persona es contemplar a Dios. Todos estamos llamados a la más alta contemplación: contemplar a Dios.

De hecho, María fue llamada por Dios, no para “hacer” algo sino para “ser” la Madre de Dios. De esta manera, Dios se sitúa en lo más profundo de la vocación de María. El encuentro de María y de José se sitúa también a ese nivel. Es sencillamente la gracia del Encuentro.

En el mensaje de Lourdes, las siete primeras apariciones marcan este ritmo; es el encuentro profundo entre dos personas; incluso el silencio sugiere algo en esta etapa. Sólo a partir de la tercera aparición encontramos palabras que constituyen una invitación a la felicidad. Podríamos incluso decir que María se apareció a Bernardita
sólo para “estar con ella”.

Así el deseo profundo de comunión de María y Bernardita queda satisfecho. Esta etapa que se llama contemplativa, nos recuerda la alianza de Dios con la humanidad. Bernardita lo dirá a su manera: “Me miraba como una persona mira a otra persona”. “Cuando alguien la ve por primera vez, quisiera morir para verla de nuevo.” Bernardita se convierte en la persona más importante para la Señora de Massabielle.

“No es bueno que el hombre esté solo” nos dice el libro del Génesis (2, 18) y añade: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. (Génesis 2, 24) Se indica así que el hombre y la mujer están llamados, en primer lugar, a la comunión profunda del uno con el otro y a ser felices.

María tuvo que cultivar la unión con su Hijo en el tiempo y en el espacio, a través de muchas vicisitudes (basta repasar el Evangelio). Hace lo mismo cuando invita a Bernardita a ir a la Gruta durante quince días. Y esto con muchas dificultades (pensemos en los días en que María no se apareció). De la misma manera la unión profunda a que están llamados el hombre y la mujer debe cultivarse en el tiempo y en la realidad de cada día.

Una de las características del amor conyugal es que se trata de una relación especial, de una amistad entre los esposos; la amistad exige el encuentro que, necesita tiempo simplemente para que los amigos estén juntos, incluso en los momentos en que los une un silencio profundo.

El Evangelista san Marcos nos dice seguidamente que “Jesús envió a sus apóstoles para predicar con el poder de expulsar demonios”. Llamado a la comunión, el hombre tiene pronto la experiencia de la desunión, de la división, de la separación.

Las relaciones entre el hombre y la mujer tienen que pasar también por crisis y sufrir la purificación, tiene que pasar del puro erotismo al don gratuito, de la parálisis del aburrimiento y de la rutina al diálogo y a la comunión profunda. El encuentro es fundamental. La vida de la pareja no es posible sin la presencia de los dos esposos, pero esto no basta. Igual que María dijo a Bernardita: “Vaya a beber y a lavarse en la fuente”, también los esposos deben beber y lavarse los dos en la fuente que Dios ha puesto en sus corazones. Porque el esposo debe ayudar a su esposa a alcanzar la redención como la esposa debe hacerlo con su esposo. Han unido sus destinos por el vínculo del matrimonio, comprendiendo en ello lo que se refiere a la vida eterna.

Un capellán del Santuario que compartía su experiencia pastoral conmigo, me decía que tenía la costumbre de invitar algunas parejas a lavarse la cara y las manos en el agua de la fuente e inmediatamente besarse. Creo que eso basta para mostrar claramente lo que acabamos de decir: “Vaya a beber a la fuente y lávese”. El amor conyugal es una tarea que debe realizarse cada día. Y esto deben hacerlo los dos esposos. Si no se comprende así se permanece en la pasión del comienzo, que no basta cuando se presentan dificultades típicas de la vida en común. Los esposos deben comprender también que esta tarea cotidiana tiene como objetivo hacerlos crecer cada día, como personas para que los dos sean mejores, porque en eso está la felicidad que la pareja busca optando por el matrimonio.

Finalmente, el evangelista san Marcos dice que Jesús instituyó a los doce. Es un aspecto profundo del encuentro de los apóstoles con el Maestro. Y María fue también fecunda, no solamente por el hijo que tuvo en su vientre, que era precisamente el Hijo de Dios, sino porque al pie de la cruz y en Pentecostés asumió la maternidad del discípulo que su hijo amaba y después la de los Doce.

En Lourdes, María y Bernardita pasan de una relación estrictamente personal a la felicidad de formar la comunidad de los que van a la capilla en peregrinación. Y el mensaje nos muestra que todo encuentro personal debe ser fecundo.

Por su misma naturaleza, el matrimonio supone la fecundidad, pues la pareja tiene que estar siempre abierta a acoger nuevas vidas para formar la familia. Además, en nuestros días, tiene que asumir como tarea prioritaria la protección de la vida amenazada constantemente por una sociedad en que prevalece la cultura de la muerte.

La fecundidad de la pareja no debe manifestarse solamente en los hijos que recibe como don de Dios sino también en la apertura a la comunidad eclesial y a la sociedad. Esta apertura a los demás no solamente es fecunda sino que es, sobre todo, una fuente constante de felicidad.

Procesión

El laicado y una Iglesia misionera:

He tenido a menudo la ocasión de recibir confidencias de peregrinos de Lourdes: Se expresan así: “Este lugar es distinto”; “Me gustaría quedarme aquí”, “Me siento bien aquí”; “Después de muchos años he vuelto a confesarme”; “Aquí se puede rezar bien”.

Muchos años después he oído estas mismas confidencias en el Santuario de Santos Lugares en Buenos Aires, que recibe todos los 11 de febrero unos trescientos mil peregrinos. La mayoría de las veces esas confidencias proceden de jóvenes universitarios que hacen apostolado en un suburbio del barrio Santa Bernardita, en Tucumán.

¿Qué tienen en común estas afirmaciones que proceden de personas tan distantes y que, la mayor parte sin duda, nunca vendrán al Santuario de Lourdes en Francia?

Creo que podemos encontrar la respuesta a la luz de los acontecimientos que tienen su origen en Lourdes. De hecho, durante las apariciones, cuando Bernardita está en la Gruta mira a María, la Madre de Dios, que está en comunión con su Hijo Jesús y Él, en comunión con su Padre. Pero hagamos el camino a la inversa: el Padre está en comunión con su Hijo; Jesús está en comunión con María y Ella está en comunión con Bernardita. Por tanto, podemos afirmar que cuando Bernardita está en la Gruta está en comunión con Dios.

Sabemos además que Bernardita está también en comunión, de una manera real, con las personas que la acompañan a la Gruta.

En primer lugar por el servicio y la caridad: Bernardita ayuda a sus compañeras a recoger leña y visita algunos enfermos.

También por el testimonio: Bernardita narró siempre las pariciones. Después, por el trabajo de cada día: a pesar de las muchas dificultades por las que tuvo que pasar, durante las apariciones nunca faltó a la escuela.

Y más aún, por la vida sacramental: Bernardita está también en comunión con su comunidad. Precisamente durante las apariciones Bernardita se confesó y comulgó por primera vez en su vida.

Finalmente, porque su persona resplandece. Miles de personas repetían los gestos que Bernardita hacía dentro de la Gruta: hacer la señal de la Cruz, besar el suelo, beber agua de la fuente, rezar por los pecadores, guardar silencio.

Esta actitud de comunión permanente con Dios y con sus hermanos, estará siempre presente en la vida de Bernardita, incluso después de las apariciones. De hecho, en Nevers, sor María Bernarda dice: “Todos los días hago mi peregrinación a la Gruta”. Al mismo tiempo, su servicio como enfermera y las largas horas pasadas en el locutorio del convento de San Gildard son el testimonio de la entrega de su vida a Dios y a sus hermanos.

Sin tener en cuenta el tiempo, las distancias y las distintas maneras de actuar de nuestros días, el peregrino
de Lourdes, aquí en Francia o en cualquier otro lugar del mundo, vive la misma experiencia. De hecho, ¿qué es lo primero que ve el peregrino y que le impresiona? Sin duda alguna, la multitud, pero una multitud en actitud de oración. Basta con quedarse unos minutos ante la Gruta para tener esta experiencia: una multitud que reza y que invita a los demás a rezar. Es una multitud que reza por ella misma y por los demás, que reza por los pecadores. “Ruega por mí, pobre pecadora” fueron las últimas palabras de Bernardita. Una multitud está en comunión con Dios. Pero, al mismo tiempo el peregrino constata que esa misma multitud tiene en cuenta a sus hermanos, unida a ellos por el vínculo de la caridad.

De hecho, basta moverse un poco por la explanada del Santuario para poder apreciar los gestos de caridad que se multiplican sin fin, ya sea por parte de los hospitalarios o de los voluntarios, por parte del personal del Santuario, en las Piscinas o en la capilla de las confesiones. La lista sería interminable. Viendo esta multitud, el peregrino que viene por primera vez tiene la experiencia, concretamente, de una realidad nueva, de una humanidad renovada por Dios.

Hemos constatado esta realidad no solo en Lourdes sino también en varias comunidades que tratan de vivir este mensaje. Hace algunos años, respondiendo a una invitación de Mons. Dominique You, tuve la ocasión de conocer la “favela” (suburbio) de los Alagados en San Salvador de Bahía, en Brasil. Una de las jóvenes que trabajaban allí en el proyecto de las adolescentes embarazadas, me confió: “Para mí, acoger a estas adolescentes es como estar delante de la Gruta de Lourdes: en ellas veo la miseria del mundo y, al mismo tiempo la fuente del amor dentro de esta miseria. Estas adolescentes son para mí, la Gruta de Lourdes”.

Hace también algunos años, en Tucumán, un grupo de jóvenes universitarios de la “Familia lourdista” decidió compartir el fin de semana con unos jóvenes traperos del suburbio, como una manera de vivir y de responder directamente a la invitación de María: “¿Quiere usted hacerme el favor de venir aquí durante quince días?” Algunos años más tarde, el obispo de la diócesis en aquel tiempo, anunciaba que un sacerdote iría allí a celebrar la misa ya que estaba naciendo una comunidad cristiana en aquel sitio.

Estas experiencias de descubrimiento de una nueva realidad, el mensaje de Lourdes, transmitido por dos seglares: María, la Madre del Salvador que se comunica con otro seglar: Bernardita. Bernardita entrega este mensaje en primer lugar a seglares de los que la mayor parte son mujeres. Así es como este testimonio que constituye un auténtico tesoro del que somos los herederos, nos llega gracias a seglares. Por eso hay que evocar ese magnífico texto del Concilio Vaticano II: “A los laicos corresponde, por propia vocación, buscar el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Están llamados por Dios ahí, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad”. (Lumen Gentium, nº 31)

Por medio de una admirable catequesis, María llevará a Bernardita hacía la madurez de su vocación seglar. Es de esta manera, como de una religión hecha de ritos y de reglas, la joven llegará al encuentro con una persona. María es eso: una seglar que no centra sobre ella misma la atención de Bernardita, ya que invitándola constantemente a entrar en el interior de la Gruta, la orienta hacia la fuente, es decir, hacía Cristo. Partiendo de eso, le encarga ir a “decir a los sacerdotes que se construya una capilla”.

Pablo VI decía: “estamos todos invitados a plantar la Iglesia”. El mensaje de Lourdes, eminentemente cristológico, nos llega por los seglares. Para profundizar un poco más en este aspecto, os invito a leer juntos este texto del encuentro de los obispos latinoamericanos en Aparecida (Brasil): “No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a un bagaje, a un elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos Sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza “es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero, en realidad, la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad. A todos nos toca comenzar desde Cristo reconociendo que no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y con ello una orientación decisiva”. (Documento de Aparecida, n°12)

Y, en cuanto a nosotros que, muchas veces, practicamos una fe eminentemente racional, necesitamos comprender que esta no es la única manera de actuar. Bernardita, una seglar en su historia, frente a Dios y al mundo, igual que muchos seglares en el mundo entero que viven este mensaje, nos convocan, no con su discurso teológico, sino sencillamente porque nos atraen. “La Iglesia crece no por proselitismo, sino por ‘seducción, igual que Cristo ‘atrae todo hacia Él por la fuerza del amor”. (Benedicto XVI, homilía de la misa inaugural de la 5ª conferencia de los Obispos de América Latina el 13 de mayo de 2007.) “La Iglesia ‘atrae cuando vive en comunión, pues los discípulos de Jesús serán reconocidos si se aman unos a otros como Él los amó”. (Documento de Aparecida. nº 159)

La Iglesia Católica pasa actualmente, en el mundo entero, por una crisis de crecimiento; no es solamente en
Europa donde los fieles se alejan de la Iglesia. También en América Latina, donde se encuentra actualmente el 43% de los católicos del mundo entero, existe este problema de bautizados que no viven de acuerdo con su fe y de otros que se alejan de la Iglesia para entrar en las sectas o en las pequeñas iglesias evangélicas.

El mensaje de Lourdes tiene algo que decir en este sentido; porque se trata simplemente de asumir, como lo hizo Bernardita, que hay que pasar de la realidad de una fe religiosa, que tiene como fundamento ritos y reglas que se siguen más o menos automáticamente, a una fe misionera que busca ardientemente que el Evangelio llegue a toda la humanidad.

En este sentido, la piedad popular que se manifiesta con ocasión de las peregrinaciones a Lourdes y en las actitudes sencillas y profundas del pueblo creyente, es una riqueza que el pueblo no puede ignorar. Por eso Lourdes está prestando un enorme servicio a la Iglesia universal y, particularmente, a la Iglesia en Europa. Es verdad que la mayor parte de los peregrinos vienen aquí impulsados más que por una fe pura, por un deseo casi mágico, buscando la salud perdida. A pesar de todo, no podemos descuidar la piedad popular. Brota de ella un sentido profundo de lo trascendente y un amor desbordante a Dios, a la Virgen y a los Santos. Ciertamente no encontramos en esta piedad popular el cristianismo racional al que estamos acostumbrados. Pero también es verdad que encontramos ahí un cristianismo fundado más bien sobre elementos sensibles y simbólicos.

Y, con todo, no se puede decir que esta piedad no sea una expresión real y válida de espiritualidad.

Virgen en procesión

Los pobres nos evangelizan

Quiero comenzar con una historia que he vivido personalmente. Éramos un grupo de cristianos, reunidos para rezar y para reflexionar sobre diversos aspectos del mensaje de Lourdes. Se plantearon algunas preguntas: ¿Cómo hablar de Lourdes, de la Inmaculada Concepción, en una sociedad en la que hay cristianos que, literalmente, mueren de hambre mientras otros aumentan sus riquezas en progresión geométrica? En el contexto de una historia que para muchos está marcada por el hambre y la miseria ¿se pueden decir las palabras de María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador?” Esta situación ¿es fruto de la Providencia del Padre que colma de bienes a todas sus criaturas o es fruto de la estupidez de los hombres? ¿Cómo actuar para que nuestra sociedad cambie y que lo haga para el bien de todos?

En un primer momento, la mayor parte de los participantes optaron por tomar una actitud de denuncia. Denunciar los casos de injusticia, de corrupción o de chantaje, de mala administración por parte de los que detentan el poder político, económico, cultural, o el dominio de las informaciones en todos los campos de la sociedad. Pero he aquí que uno de los participantes dijo: “Habría que denunciar también la corrupción, la injusticia y el chantaje que vienen de la Iglesia”. Con gran sorpresa de todos los presentes, añadió: ”La mayor parte de las personas a las que queremos denunciar son cristianos y, buen número de ellos, practicantes”. Y luego añadió: “Creo que, como cristianos, en lugar de esforzarnos por denunciar, sería mejor pensar en encontrar estrategias para evangelizar y evangelizarnos a nosotros mismos”. Para Bernardita las apariciones no fueron una escapatoria o una huída, debida a una historia personal marcada por el drama de la pobreza y de la miseria. Ante todo, porque María, la elegida por Dios, no fue arrancada de su pueblo y de su historia, sino que el Evangelio la reconoce vinculada a sus raíces. Es así porque Dios se manifiesta siempre al hombre a través a su paso por la historia, y su paso salvador es reconocido por los hombres porque se han dado cuenta de que existen en la historia con los demás hombres. Es decir que se sienten, al mismo tiempo, espectadores y protagonistas de los acontecimientos que cambian las relaciones personales y hacen crecer la justicia, el amor y la capacidad de vivir en el mundo en paz. Por eso la contemplación, que es la realización plena de la adoración a Dios, no es una huída hacía las nubes o una evasión. Es, al mismo tiempo, una percepción del ser en la fe y la inteligencia profunda y clara de nuestra existencia en el mundo y en la historia.

En este sentido nos pueden ilustrar las palabras del Mensaje de Lourdes que nos invitan a descubrir “la felicidad del otro mundo”, que solo se puede alcanzar si se toma la decisión de “venir aquí durante quince días”. De hecho todas las generaciones tienen derecho a la felicidad, la nuestra también. Todas las generaciones tienen derecho a gozar, en la tierra, de la dulzura y de la felicidad que Jesucristo anunció y previó para todos. Pero también es verdad que todas las generaciones tienen la obligación de alcanzar esta felicidad en un contexto de entrega y de conversión al Evangelio.

“Rece por los pecadores”, “rece por la conversión de los pecadores”. Probablemente son estas palabras las que más profundamente impresionaron el corazón de Bernardita. Es una invitación a rezar por sí misma y por los demás; es facilitar, como nos dice el apóstol san Pablo, “que la creación se vea liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios”. (Romanos 8, 21) ¿Es posible responder a esta invitación? Sí, es posible. Pero únicamente a condición de que se viva a la manera de María y Bernardita, lo que no es más que el espíritu del Evangelio, es decir, renunciando voluntariamente a todo lo que divide, separa y destruye la comunidad.

María, signo de la humanidad creada por Dios, puede purificar, como lo hizo con Bernardita, el odio que cada hombre lleva en sí mismo, dando así a nuestra “búsqueda de la felicidad”, un objetivo que no sea solamente la búsqueda miserable y mezquina de un poco más de confort, sino de la verdadera dignidad humana. Esto comprende el alimento, el trabajo, la casa, la educación, la participación activa en las decisiones, la posibilidad real de gozar de los derechos que corresponden a cada uno.

¿Se puede “proclamar la grandeza del Señor y exultar de alegría”?

Sí, es posible, pero solamente a condición de que se viva a la manera del Éxodo, es decir, con una tentativa real de cambiar el mundo. Sí, es posible, si las promesas que Dios ha hecho a los hombres se realizen cuando se profundiza en el “desierto de la vida” hasta escuchar “la fuente subterránea”.

“La Señora me escogió porque era la más pobre. Si hubiera habido otra más pobre, la hubiera escogido a Ella”. La confesión de Bernardita a propósito de la razón por la que María se fijó en ella, engloba a todos los habitantes de Lourdes y nos muestra que la Virgen tiene los mismos sentimientos que su Hijo. Para Cristo, los preferidos son los pobres. Son los destinatarios directos del Reino que Él vino a instaurar y, por otra parte, al final de los tiempos, toda la humanidad tendrá como jueces a los pobres, ya que según las palabras del Evangelio, incluso nuestra salvación dependerá de lo que hayamos hecho o no por los pobres: “Tuve hambre… tuve sed… estaba desnudo…” (Mateo 25, 7)

Por eso la Iglesia debe dar un paso adelante para ser auténticamente la Iglesia de los pobres. No se trata de
trabajar “por” los pobres, sino “con” los pobres, como lo hizo Bernardita.

Observemos que ella escogió la congregación de las Hermanas de Nevers por su vinculación con los pobres. Por otra parte, hay que entender claramente que, según el pensamiento social de la Iglesia hay dos clases de pobreza.

Por un lado está la pobreza de los que no tienen ni siquiera lo indispensable para satisfacer sus necesidades más elementales y tener una vida de acuerdo con la dignidad de toda persona humana. Es la pobreza que la Iglesia detesta y que debe eliminar con todas sus fuerzas. Es la injusticia que planea sobre todo el continente latinoamericano, habitado por católicos y también por personas que viven en condiciones que no son las de un hijo de Dios.

Hay otra pobreza. Es la que, siguiendo los consejos evangélicos, es escogida como una forma de vida por religiosos y religiosas en la Iglesia Católica.

Es también la opción de numerosas familias que aún pudiendo acceder a los bienes que desean, se limitan a lo que les es indispensable, para compartir el resto con los que tienen menos. Esta es la pobreza que alaba la Iglesia.

El mensaje de Lourdes nos muestra que, allí donde solo había inmundicias y barro, Dios puede transformarlos en agua pura y transparente. Allí donde la frustración y la pobreza, simbolizadas en Bernardita, son la preocupación de cada día, incluso entonces la felicidad y el progreso pueden llegar en la medida en que nos ponemos en los brazos maternales de María y, con ella, seguimos el precepto evangélico de dar de comer al hambriento, de dar de beber al sediento, de vestir al desnudo, de visitar a los enfermos y al que está preso. Es decir, en la medida en que nosotros nos ponemos a construir la civilización del Amor, la única que es digna para los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Artículo de reflexión creado por el Padre Horacio Brito, Misionero de la Inmaculada Concepción de Lourdes, Rector del Santuario de Lourdes Francia.

Virgen de Lourdes

ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA:

Virgen y Madre María,

Tú que, movida por el Espíritu, acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe,

totalmente entregada al Eterno, ayúdanos a decir nuestro “sí”

ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Tú, llena de la presencia de Cristo, llevaste la alegría a Juan el Bautista,

haciéndolo exultar en el seno de su madre.

Tú, estremecida de gozo, cantaste las maravillas del Señor.

Tú, que estuviste plantada ante la cruz con una fe inquebrantable

y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,

recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu para que naciera la Iglesia evangelizadora.

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados para llevar a todos

el Evangelio de la vida que vence a la muerte.

Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos

el don de la belleza que no se apaga.

Tú, Virgen de la escucha y la contemplación, madre del amor, esposa de las bodas eternas,

intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo, para que ella nunca se encierre

ni se detenga en su pasión por instaurar el Reino.

Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,

del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres,

para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños, ruega por nosotros.

Amén. Aleluya.

Papa Francisco.

Fuente: Santuario de Lourdes Francia.

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