SANTUARIO PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE
LOURDES
Gruta y Basílica. Quinta Normal, Santiago de Chile.
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Pastoral 2026
Tema Pastoral Lourdes
2026

Durante los próximos tres años, Lourdes nos invita a emprender una peregrinación espiritual, un camino hacia el corazón mismo de la experiencia de la Virgen María. Avanzaremos paso a paso, guiados por el Evangelio de Lucas.
Nuestro camino, nuestra esperanza
2026: la Anunciación. «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). Es el año de la acogida, la escucha y el «sí» que lo cambia todo.
2027: la Visitación. «En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa…» (Lucas 1, 39). Es el año del servicio, la caridad alegre y el camino hacia el otro.
2028: el Magníficat. «Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Lucas 1, 50). Es el año de la alabanza, la gratitud y el canto que reconoce las maravillas de Dios.
Este año, comenzamos la aventura… Con el relato de la Anunciación como brújula, nos dejamos guiar. Nuestro anhelo: contemplar a María en el umbral de su increíble aventura de fe, en los inicios de su confianza absoluta en la voluntad de Dios. Entremos con ella en la misión de Nazaret. Abramos nuestro corazón a la Palabra..
¿Quién no conoce el espléndido cuadro de la Anunciación del beato Fray Angélico? Admirémoslo juntos con atención.
No interrumpe en la escena. Se inclina, casi postrado de rodillas. Sus majestuosas alas se encuentran plegadas en señal de reverencia. Su mano muestra, pero no impone. Trae una luz que no deslumbra, sino que revela.
Sentada sobre un modesto taburete, representa la encarnación de la humildad. Sus manos cruzadas sobre su pecho expresan acogida y guarda interior. Su mirada se dirige al ángel, pero también se vuelve hacia el interior, reflejando el silencio fecundo del corazón que medita la Palabra. Lo que más impresiona de esta obra es el silencio: un silencio denso de presencia.
La Anunciación no solo es un hecho histórico lejano; es el arquetipo de todo comienzo en la fe. En ese preciso instante, María ignoraba el futuro. No contaba con un mapa detallado ni sabía nada de la huida a Egipto ni de la sombra de la cruz. ¿Qué poseía entonces?
* Una profunda disponibilidad interior.
* Una calma habitada por una Presencia («el Señor está contigo»).
* Un favor divino inmerecido, una gracia.
¿Y nosotros, en Lourdes? Nuestra peregrinación hace eco a ese instante. Llegamos aquí, a menudo sin saber lo que nos espera, con nuestras preguntas, esperanzas y heridas. Es precisamente en este lugar -donde el cielo se inclina sobre la tierra- donde puede nacer un amanecer interior:
* El comienzo silencioso de una conversión.
* El primer paso hacia una curación inesperada.
* El despertar de una fe que dormía.
* La percepción de un llamado susurrado en nuestro corazón.

La primera palabra de Dios a María no es una simple salutación; es un imperativo gozoso: «¡Alégrate!».
* Este llamado evoca a los profetas que anunciaron el fin de la espera. Al pronunciar esta palabra, el ángel Gabriel revela a María que la promesa divina se ha cumplido. Ella, joven de Nazaret, se convierte en la Hija de Sión, el rostro que representa a toda la humanidad que finalmente acoge a su Salvador.
* A través de ella, la alegría de Dios se hace presente en nuestra tierra.
El ángel no le concede a María una cualidad más, sino que le revela su verdadero nombre a los ojos de Dios: «Kecharitoménè», la «llena de gracia». Este es un término único en toda la Biblia, que la llenó de profunda perplejidad.
* Este término griego nos revela toda la historia de amor de Dios por María. Significa: aquella que fue colmada de amor divino en el pasado y que permanece para siempre en ese estado de gracia.
* No se trata de una gracia merecida, sino de un don absoluto de Dios, otorgado desde el primer instante de su existencia. Es la esencia misma de su ser. Como expresó el Papa Juan Pablo II: «“Llena de gracia” es el nombre de María a los ojos de Dios».
Estas palabras constituyen el fundamento de la alegría de María. No son una simple expresión, sino una promesa que recorre toda la Biblia: la fuerza de Dios que se compromete a actuar en el corazón de nuestra fragilidad.
Para María, esta promesa adquiere un sentido único y emotivo. El Señor no solo estará a su lado, sino que se encarnará en su seno. De este modo, María se convierte en la nueva Arca de la Alianza.
* En otro tiempo, el arca custodiaba las tablas de la ley; María lleva en su seno la ley viviente.
* En otra época, la nube divina cubría el santuario; ahora, el Espíritu Santo envuelve a María con su sombra, haciendo de ella la morada viva de Dios en la tierra.
La Anunciación no es un simple diálogo; es una obra maestra divina donde toda la Trinidad se revela y actúa para la salvación de la humanidad.
1. El Padre, la iniciativa del amor: Todo comienza con la acción del Padre. Es su mirada de amor la que elige a María, no por méritos propios, sino por pura gracia. La expresión «has encontrado gracia ante Dios» revela esta iniciativa gratuita de amor, un amor que precede a toda respuesta humana y capacita para acoger su proyecto.
2. El Hijo, el corazón del misterio: En el corazón del anuncio se encuentra la revelación del Hijo, Jesús. La declaración «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo» marca el acontecimiento que cambia la historia, pues Dios se hace hombre para compartir nuestra condición. Su nombre, Jesús, manifiesta su misión: «Dios salva». Él es la promesa viva de liberación y reconciliación.
3. El Espíritu Santo, la fuerza creadora: Lo imposible se realiza por el poder del Espíritu Santo. Es Él quien cubre a María con su sombra y la convierte en Madre de Dios. Su acción nos enseña que la vida cristiana no depende de nuestros propios esfuerzos, sino de nuestra capacidad para dejarnos transformar por la gracia. El Espíritu no solo nos inspira, sino que nos renueva desde lo más íntimo.
Frente al plan divino, se aguarda una respuesta humana. El gran san Bernardo lo expresó con fervor en una vibrante súplica: «Oh, Virgen, apresúrate a responder. Pronuncia la palabra que la tierra, el infierno y los cielos esperan».
La respuesta de María, «He aquí la esclava del Señor; hágase en Mí según tu Palabra», es el corazón de la historia. Descubramos su riqueza a través de tres etapas:
1. «He aquí...», la disponibilidad total: No es un mero «aquí estoy». Es la actitud de un corazón que se ofrece activa y completamente a Dios, sin reservas.
2. «...la esclava...», la humildad que abre paso a Dios: Reconocerse como «esclava» implica aceptar la propia pequeñez para que la grandeza de Dios pueda manifestarse. Es vaciarse de toda pretensión para permitir que el Todopoderoso obre libremente.
3. «...hágase en Mí según tu Palabra», la confianza absoluta: Es la cima de la fe. María no pretende comprender, sino entregarse al poder y la fidelidad de Aquel que ha hablado. Es un acto de confianza pura, un deseo que se conforma con la promesa de Dios, aun cuando desafía toda lógica.
Su «sí» es un acto de libertad plena y de una confianza sin reservas.

Oh, María, volvemos hacia ti nuestra mirada y te damos gracias, porque es precisamente en tu respuesta humilde y valiente: «He aquí la esclava del Señor; hágase en Mí según tu Palabra», que permitiste que Dios se hiciera hombre. Concédenos también, oh, María, responder cada día al llamado del Señor con un «Sí» humilde y fuerte, para que nuestra pobre vida pueda convertirse, por el poder de tu Hijo y por la acción del Espíritu Santo, en un lugar donde Dios habite y en un instrumento para la salvación de todos. (San Pablo VI, Papa, Ángelus, 25 de marzo de 1975)
Fuente: Santuario de
Lourdes Francia.
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